BELLA ANDRE

domingo, 30 de octubre de 2016

CAPITULO 24 (PRIMERA HISTORIA)





Muy temprano a la mañana siguiente, la BlackBerry de Paula dio un zumbido recordándoles que tenían que estar en el Lago Tahoe por la tarde, recaudando fondos para otro gran evento. Pedro tuvo que contenerse reciamente para no hacerle nada en la limusina durante las cuatro horas de viaje hacia el norte, los dos necesitaban dormir un poco.


Horas después del acontecimiento, Paula lo encontró sentado en una mesa firmando autógrafos ante una larga fila de niños y sus padres.


Le entregó una botella de agua y se inclinó para susurrarle.


— ¿Cómo te va? ¿Necesitas un descanso o algo así?


Él inhaló el perfume de canela y crema e inmediatamente tuvo una erección. Deseó no haber aceptado mantener su relación en secreto porque quería ponerla en su regazo ante todo el mundo y besarla. No estaba seguro si ella se daba cuenta que casi todos pensaban que era su novia, que un tipo como él no tendría una asesora tan guapa si no estuviese con ella.


Sin embargo, una promesa era una promesa, no haría nada que pudiese estropear todo lo bueno que tenían.


—Estoy bien —dijo, gustándole el modo en que Paula miró tras ella hacia los pinos del Lago Tahoe. Solía pensar que una mujer así solo encajaría en fiestas lujosas o de compras en Tiffany, pero después de observarla en acción, sabía que tenía la vitalidad de un atleta, y estaba dispuesta a darlo todo por sus clientes.


— ¿Has conseguido dejar la tarde libre?


Ella asintió.


—Una vez que hayas terminado aquí, tienes libre hasta la gala de esta noche en el Northstar de Lago Tahoe.


Antes de volverse hacia sus fans, le dijo en voz baja.


—Me alegro de oír eso. Espero que estés preparada para estar toda mojada.


Por el rabillo del ojo, observó cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido.


Realmente tenía una mente pervertida. Seguro que él estaba hablando solo de darse un baño en una playa privada que había tras el pinar.


La cadera rozó su hombro cuando se giró para marcharse inundándolo una vez más de deseo.


Una hora más tarde, abandonó la mesa donde firmaba autógrafos y volvió junto a Paula, para estrechar la mano de su anfitrión.


—Ha sido estupendo conocer a tantos fans de los Outlaws, nos veremos esta noche —dijo, no dando a nadie oportunidad de acercarse.


— ¿Por qué has tardado tanto? — inquirió ella, casi superándolo en urgencia por volver a la caravana alquilada.


— ¿No me habías dicho que la paciencia era una virtud?


Paula se sentó en el asiento del pasajero y lo miró.


—No me puedes decir algo así delante de todos.


— ¿Cómo qué? —Preguntó observando su vergüenza, para después ayudarla a sobrellevarla de la mejor manera posible.


—Espero que estés preparada para estar toda mojada. —Lo imitó Paula.


Pedro giró el contacto empezando a conducir.


—Nadie lo escuchó. Además, pensé que sería bueno tomarse unas horas de descanso, pasar un rato en el agua.


Su rostro se enrojeció cuando se dio cuenta que había tomado su comentario como una insinuación sexual.


Sin embargo, se volvió hacia él.


— ¿No podías haber firmado más rápido? Realmente no necesitabas preguntar a la gente por sus perros. Con los hijos era suficiente.


Afortunadamente después de pasar una noche juntos, sin inhibiciones, no tenía que pensar dos veces antes de decir lo que tenía en la mente.


—Parece que alguien necesita disfrutar.


—No será gracias a ti —murmuró ella.


Al diablo con hacerla esperar más. Él podría muy bien poseerla allí mismo.


Pedro miró sus muslos desnudos sobre el cuero del asiento, y deslizó su mano derecha sobre su regazo.


— ¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, pero sus piernas se abrieron para él, solo lo suficiente para que supiera que quería que la tocara, que la volviera loca por lo menos una vez, de camino a su próximo destino mojado y escurridizo.


—Voy a darte placer —dijo mientras apartaba la tela sobre sus muslos para poder llegar hasta su vagina húmeda y resbaladiza.


—Estás conduciendo.


Pedro sonrió.


—No te preocupes, lo tengo controlado.


Ella dejó de discutir cuando él continuó haciendo su trabajo.


—Abre las piernas para mi, amor, quiero sentir lo mojada que estás.


El viento elevó su gemido, cuando sus muslos se relajaron, su polla casi estalló en los pantalones vaqueros. Cuando sus dedos encontraron el borde de su ropa interior ya estaban húmedos.


— ¿Cuánto tiempo llevas esperando a que te toque? —preguntó con la voz sedosa y el pene palpitando.


—Horas. Aunque me ha parecido que siempre.


Tratar de controlar la respiración se le hizo muy difícil. Era la mujer de sus sueños, la fantasía de cualquier hombre, una diosa del sexo.


Era divertida, inteligente y tenía éxito, pero a Pedro le ponía muy nervioso tener fuertes sentimientos por algo que no fuera sexo.


Afortunadamente Paula solo quería placer. Sumergió un dedo en su miel, notando su calor cuando deslizó un dedo entre sus carnosos labios y lo movía de un lado a otro.


Pedro por favor —imploró Paula, él sabía que quería que le tocara el clítoris, que lo presionase hasta que gritara.


Lo primero era lo primero.


Movió la muñeca de manera que pudiese deslizar un dedo en su interior, y luego dos, bombeando dentro y fuera con un ritmo lento y constante. Nunca se cansaba de tocarla, nunca se cansaba de estar dentro de ella, con sus dedos, su lengua, su polla.


Paula balanceó sus caderas contra su mano, sujetándole la muñeca, se dio cuenta que estaba a punto de correrse, le dio al clítoris la atención que se merecía.


—Déjame ver lo excitada que estás —insistió y ella soltó su mano, de forma que él pudiese encontrar el botón ardiente, dejándolo acariciarlo, rozarlo.


Su cuerpo entero se tensó bajo sus manos, cuando Pedro dijo:
—Quiero escucharte cuando te corres.


La carretera estaba desierta y estaba tan excitada con él como jamás lo estuvo antes con nadie. Pronunció su nombre, primero como un susurro y a continuación con un profundo gemido de placer cuando Pedro dejó su clítoris e introdujo los dedos en ella, moviéndolos de arriba abajo entre su clítoris y sus labios, de manera repetida tan rápido como podía.


Tenía las piernas totalmente abiertas y la cabeza presionada contra el asiento, cuando arqueó la espalda. Sus pezones se endurecieron contra la tela del vestido, Pedro amó observarla mientras gozaba con salvaje abandono.


La humedad cubría sus dedos, continuó acariciándola cuando el orgasmo empezó a sacudirla. Justo cuando llegaron a la pequeña y privada cabaña del lago que le había prestado uno de sus viejos amigos.


Pedro frenó y de mala gana retiró los dedos de entre las piernas de Paula.


—Hemos llegado. Espero que te haya gustado el paseo.


Ella abrió los ojos mirando al lago increíblemente azul. Tenía casi una milla de largo por media de ancho. Había visto muchas cosas bonitas en su vida, pero aquella mezcla del agua, los árboles y las montañas se acercaba a la perfección.


Todo lo que necesitaba para llevarlo al límite era a la mujer perfecta.


Su mente se apagó durante un segundo.


¿Era Paula la mujer perfecta?


Salió del coche y fue a la parte trasera como si necesitara algo. Cualquier excusa bastaba para tratar de comprender qué diablos estaba pasando con él.


Vale que el sexo hubiera sido increíble —mejor dicho perfecto— pero eso no significaba nada, no cuando casi no se miraban a la cara cuando se desnudaban. Y especialmente cuando venían de mundos tan distintos.


Ella siempre pertenecería al rico y privilegiado.


Él siempre sería el héroe de los fracasados.


Era verdad que él iba a echar a perder su cerebro en las próximas dos semanas; solo un idiota dejaría pasar esa oportunidad, pero mantendría encerrado todo lo demás; su corazón, sus emociones y todo lo que en él era capaz de amar. Sería un tonto si no lo hiciera.


Cerró el maletero soltando las llaves sobre el asiento. Luego se sentó en una piedra quitándose los zapatos y poniendo los calcetines en su interior.


La cara de Paula estaba radiante de admiración.


—Esto es precioso, Pedro. Absolutamente increíble.


Asintió y la miró.


—Solo lo mejor para ti —dijo, pensando cómo diablos mantener sus palabras controladas. No quería parecer un idiota y asustarla.


Ella le dirigió una mirada penetrante y supo que sería mejor suavizar las cosas si quería que la tarde transcurriera tan bien como había sido el paseo en coche.


— ¿Alguna vez has nadado en el Lago Tahoe?


Se quitó los zapatos de tacón caminando por la arena hacia la orilla.


—De ninguna manera. El agua no debe de estar a más de veintiún grados en pleno verano.


Pedro se quitó la camiseta de los Outlaws y la lanzó sobre los zapatos y calcetines. La mirada de ella recorrió ávidamente su pecho, y se dio cuenta de que estaba nuevamente excitada.


—Yo te mantendré caliente —dijo Pedro dándose cuenta de que eso era un poco cursi, pero era la verdad.


Paula movió la cabeza alejándose de la orilla.


—No creo que puedas tentarme aunque te quites los pantalones.


Él desabrochó el botón superior de sus vaqueros.


— ¿Sabes que lo harás, verdad? Aunque tenga que cargarte yo mismo.


Los pezones de Paula se endurecieron nuevamente, y él dijo:
—Desnúdate, ya.


Paula rió apartándose de él y de la orilla del lago.


—Solo tú le pedirías a una mujer que se desnude de una forma totalmente natural. Y esperarías que ella lo hiciera.


Pedro se quitó el bóxer —su miembro perpetuamente rígido cada vez que se encontraba a menos de cien metros de ella, saltó— y comenzó a perseguir a su hermosa presa.


—No te atreverás —dijo ella señalando su vestido.


— ¿Quieres apostar?


La cogió en brazos y la anticipación vibró por sus extremidades.


—Vas a pagar por esto —dijo Paula, pero no había enfado en sus palabras, solo calor y una ansiedad que coincidía con la de él.


—No puedo esperar por el castigo —susurró en su oído mientras se dirigía al agua helada.


—Llevo esperando que me domines toda la semana.


Sintió como sus muslos se apretaban y observó como los pezones se levantaban. El agua golpeó sobre sus muslos, Pedro inclinó la cabeza hacia sus pechos, cubriendo la fina tela con su boca, chupando y tirando de sus pezones.


—Haré lo que quieras —dijo jadeando mientras se arqueaba contra su lengua— pero, por favor, no me hagas entrar en el agua.


— ¿Cualquier cosa?


Ella asintió mirándolo a los ojos.


—Cualquier cosa.


Muchas fantasías pasaron por su cabeza en ese momento, estuvo a punto de dejarla caer.


Empujándola fuertemente contra él, respiró hondo.


Y escogió una fantasía.


—Trato hecho.


Giró y fue hacia un lugar cubierto bajo un enorme pino. La tumbo de espaldas subiendo el vestido por sus muslos, mostrándole un poco de sus bragas. Su polla latió.


Paula estaba apoyada sobre sus codos, observándolo, esperando su orden.


Pedro se lamió los labios.


—Quiero ver cómo te acaricias.


Paula se sentó.


— ¿Qué?


Sin embargo, no se negó. Pedro sabía que ella había pensado en tocarse mientras la miraba. Y eso la enfadaba.


Pedro se tumbó a su lado, apoyando la cabeza sobre una mano.


—Quiero ver como pasas las manos por tu cuerpo, sobre tus pechos, tu sexo. Quiero ver como tus dedos se deslizan sobre los labios y como presionan el clítoris. Quiero observarte mientras te das placer y quiero que sepas que te estoy mirando, para que descubras cuanto deseo estar donde estén tus manos.


Respirando entrecortadamente, ella lo miró.


Luego se volvió hacia él diciendo:
—Sería mejor que me bajaras la cremallera para que pueda empezar.


De repente Pedro se preguntó si sobreviviría a esto, después de todo.








sábado, 29 de octubre de 2016

CAPITULO 23 (PRIMERA HISTORIA)




Según la fiesta se acercaba a su fin, Paula se encontraba más perdida.


Si había pensado que la sensación del amor perfecto iba a acompañarla por el resto de sus días, estaba muy equivocada. Ni siquiera sería suficiente para esa noche.


Había estado mirando el reloj toda la velada desesperada por estar otra vez a solas con Pedro, en su casa, en su cama, todo el tiempo que quisiera.


Pero lo que realmente la molestaba era la manera.


—Ningún compromiso, eso es un hecho —Continuaba resonando en su cabeza repitiéndose como un CD rayado.


—Estoy cansado de ser como un perro de exhibición —le dijo finalmente Pedro yendo a buscar al anfitrión.


—Lo he pasado muy bien esta noche —le dijo a Gordon— Gracias por la invitación.


—Me alegro de que hayas podido venir esta noche, Pedro. Gracias por traer a una acompañante tan encantadora.


Por el tono tan agradable de su voz, Gordon lo mismo podía haberla llamado tu perra.


Su mente regresó a la habitación del sexo y apenas pudo contener su disgusto.


—Lo he pasado muy bien —dijo Paula estrechando la mano seca y huesuda de él.


—Lo sé —dijo.


Fue una respuesta extraña.


Pedro la liberó de la mano de Gordon y se dirigieron a la salida.


—La mayoría de los días me encanta mi trabajo —le dijo al oído en voz baja.


Ella asintió con la cabeza, sabiendo exactamente adónde quería llegar.


—A mí también.


Mientras Pedro avisaba por el móvil al conductor que estaban preparados para marcharse, ella miró de nuevo a la casa. El balcón de la torre oculto por los robles sería siempre un recuerdo maravilloso.


Se deslizó dentro de la limusina y dijo:
—Has estado fantástico esta noche.


Los bordes de su boca se curvaron y sus ojos brillaron perversamente.


—Me alegro que te haya gustado.


—Me refiero a cómo has interactuado con los invitados.


—Por supuesto, yo también.


Paula se rió, contenta de poder estar finalmente con él. No solo era sexy, sino también divertido. Y sorprendentemente ingenioso.


Paula bajó la voz para hablar sin que Joaquin, el conductor, pudiese oírlos.


—Sabes que fue fantástico allí arriba.


—Cuéntame más —dijo y ella miró fijamente el asiento delantero.


Pedro apretó un botón en el reposabrazos y el separador de cristal entre los asientos delanteros y traseros se cerró. El leve zumbido de la emisora de radio que José escuchaba desapareció.


—Confía en mí, no puede escucharnos.


Se alejó de Pedro tanto como se lo permitió el cinturón de seguridad.


—No puedo hacer nada… no mientras él esté aquí.


Pedro parecía relajado en su asiento de cuero, se maravilló de cómo nada parecía intimidarlo. Ella estaba ardiendo de deseo, preguntándose como conseguiría hacer el trayecto sin subirse en su regazo montándolo como una amazona y él parecía totalmente relajado.


—Él no puede leer los labios —dijo Pedro.


El cerebro de ella iba un paso detrás de sus hormonas.


—No entiendo —entonces se sonrojó— ¡Oh!


Pedro sonrió nuevamente con la mirada de un gato perezoso que ha conseguido su crema, como si no le importara la cereza en lo alto del postre.


—Estoy feliz porque podamos empezar —insinuó Pedro y ella intentó concentrarse en algo más que en su perfecta boca, sus manos grandes, fuertes y el revelador y fascinante bulto en sus pantalones.


—Va por libre. No puedo controlarlo — dijo él al ver su mirada.


Se sentiría muy decepcionado si no pudieran terminar este juego de una forma inevitablemente sensual.


—Me gustaría que no hubieses llevado esa ropa esta noche.


— ¿Por qué?


—Cubriendo toda esta belleza, parecía que me estabas castigando.


Ella se sonrojó de nuevo. Era precisamente eso lo que intentaba hacer.


—Pero eso fue antes de darme cuenta de lo sexy que sería quitártelo.


Paula apretó los muslos cuando el calor húmedo se deslizó desde su núcleo. Se le secó la boca y su corazón se aceleró.


—Tu turno —dijo Pedro.


Ella apretó los labios agitando la cabeza.


—Yo no sé cómo.


Pero él era persuasivo.


—Cuanto más sepa lo que te hacer sentir bien, mejor podré hacerlo.


Ella prácticamente tuvo un orgasmo allí mismo.


—Dime lo que te gusta —la instó.


Todo.


Pero Paula no podía decírselo.


¿Entonces por qué las palabras “me gusta todo” resonaron en la limusina?


Él no sonreía ahora, solo se quedó sentado frente a ella con los músculos tensos.


Por primera vez, Paula se dio cuenta de que podía tomar el control. Si se olvidara de ser la mujer perfecta, si cedía a su sexualidad, podría dar la vuelta al juego de Pedro y colocarlo al borde del deseo.


—Dime qué debí hacer de otra manera —dijo él.


Ella respiró profundamente, absorbiendo el olor almizclado de su momento de amor, la mezcla de cedro y especias que siempre la haría pensar en él.


—Nada.


La voz de Pedro era suave.


—Dime qué quieres que haga.


Paula no podría haber hablado ni aunque tuviese una pistola apuntándole a la cabeza.


—Dime lo que quieres que te haga cuando regresemos a casa, cuando estemos a solas de nuevo. Solo tú y yo.


Pedro lo estaba haciendo nuevamente, estaba tomando el control de su mente, su cuerpo entero, le era tan difícil recordar que ella merecía tener el mismo tipo de poder sobre él.


Se movió de manera que el bajo de su vestido se subió varios centímetros por los muslos. Jugaba con las perlas en su cuello para llamar su atención hacia sus pechos, y provocarlo de la misma manera que él lo estaba haciendo con ella.


—Quiero tomar un baño.


Un pequeño músculo saltó en su mandíbula, Paula contuvo una sonrisa victoriosa.


—Juntos.


Pedro se removió intranquilo, delatando su energía sexual reprimida.


Algo salvaje y nuevo cobró vida en el pecho de Paula. Por primera vez era libre de expresar y realizar sus fantasías sexuales. Nada lo sorprendería, aunque no creía que necesitara ser una pervertida para impresionarlo.


Solo debería ser ella misma.


Obviamente Pedro tenía fe en su sensualidad descubierta y si ella hiciese exactamente lo que en verdad quería hacer, las próximas dos semanas con él conseguirían ser un poco atemorizantes.


Y muy emocionantes.


—Cuéntame más —le rogó.


—La paciencia es una virtud —bromeó Paula— especialmente cuando se trata del placer.


Él extendió las piernas, mostrando su excitación.


—Desde que era un muchacho, nunca he deseado tanto acariciarme a mí mismo.


— ¿Quieres que pare? —le preguntó con una sonrisa.


— ¡Demonios, no!


—Perfecto. Porque antes de tomar el baño, vas a quitarte la ropa mientras yo te miro. Y no olvides moverte un poco, exhíbete para mí.


—Lo haré — murmuró.


— ¿Quieres saber lo que realmente me excita?


—Más que nada.


—Quiero que entres en la bañera primero. Quiero saber que estás esperándome, duro y preparado, mientras me desnudo lentamente.


Él tragó trabajosamente, Paula quiso besar su nuez de Adán, quería recorrer con la lengua cada centímetro de su cuerpo.


— ¿Y después?


Ella cerró los ojos apoyando la cabeza en el respaldo de cuero.


—Entonces me hundiré en tu polla y te follaré hasta fundirte el cerebro.


Paula podía escuchar la respiración rápida, que combinaba con la suya. Su pulso estaba acelerado, estuvo a punto de olvidar que el conductor estaba en el asiento delantero y podría tener una visión de su espectáculo de sexo. El más leve toque y Pedro explotaría.


Tras lo que pareció ser la espera más larga de su vida, finalmente llegaron.


Generalmente no era tan grosero como para salir del coche y correr por las escaleras sin dar las gracias al conductor. Ya se disculparía con Joaquin más tarde.


No había terminado de meter la llave en la cerradura cuando la mano de Pedro serpenteó a su alrededor y abrió la puerta. Lo siguiente que supo, fue que estaban en el salón y que ella estaba contra la pared con el vestido levantado hasta la cintura.


—Realmente me gusta el plan de la bañera, pero me temo que no voy a poder aguantar más allá de la entrada.


Una onda caliente de excitación la invadió y le arrancó el pantalón y la camisa, mientras él rasgaba el envoltorio de un preservativo.


— ¡Date prisa! —dijo ella.


Un segundo más tarde, Pedro estaba retirando sus bragas a un lado, y ella enrolló las piernas a su alrededor. Enterró su enorme erección dentro de Paula, a continuación empujó dentro y fuera, más fuerte, más duro, ella pronunció su nombre, suplicando más, sollozando cuando el orgasmo sacudió todo su cuerpo. De nuevo se movió dentro de ella, hasta que se calmó y lo sintió pulsar en su interior.


Más de una vez Paula había dado gracias por el poderoso físico de Pedro, por el perfecto entrenamiento que realizaba, por sostenerla como si no pesara nada.


Las ropas estaban en el suelo, rasgadas por sus manos codiciosas y lujuriosas.


—Espero que hayas traído más de un traje —se burló ella.


La risa suave de él retumbó en sus costillas.


Al fin, había entendido porque tantas mujeres lo buscaban, porque estaban dispuestas a dar cualquier cosa por tener una noche, o más si tenían suerte, con él. Sabía cómo hacer sentir bien a una mujer.


No solo como darles placer, sino también como sacar su feminidad interior y reír con ella al mismo tiempo.


La semana pasada no habría admitido que él era algo más que un deportista playboy que apenas podía sumar o escribir. Pero ahora sabía que Pedro era mucho más complicado y maravilloso de lo que dejaba ver a la gente. Le dolía el estómago cuando pensaba en que sus caminos se separarían una vez que su trabajo terminase y la nueva temporada de Pedro comenzara.


Todavía le quedaban dos semanas con el hombre sexualmente más completo del planeta, e iba a exprimir cada gota de placer de ellas. Mientras no cometiera el error de enamorarse de él, estaría muy bien.


— ¿Preparado para ese baño? —preguntó sonriendo mientras la conducía por el pasillo.








CAPITULO 22 (PRIMERA HISTORIA)





Paula hacía estallar su mente. Cada vez que la tocaba saltaba como un cohete. Además de esta noche, solo en otra ocasión había reaccionado así. En la escuela secundaria, donde ella había sido la cosa más sexy en kilómetros a la redonda.


Ahora miraba su silueta contra la luna, desnuda y más bonita que cualquier mujer u objeto que jamás hubiera visto. Una ola de emociones atravesó rápidamente su rostro.


Paula pensaba que él no la conocía, pero lo hacía. La conocía lo suficiente como para saber que estaba a punto de arrepentirse.


Se estaba arrepintiendo del sexo. Eran dos personas que disfrutaban el uno del otro como acababan de comprobar haciéndolo una vez. Y otra vez. Se dio cuenta de que la suerte de no ser descubiertos se estaba casi acabando, se tragó el deseo de poseerla de nuevo en el sillón que tenía a tres metros. Además, sería más convincente en sus argumentos para seguir haciéndolo como conejos, si ella creía que estaba preocupado por el decoro. Si los descubrían desnudos en el balcón, no sería bueno para sus carreras.


Pedro se inclinó para recoger el vestido.


—Date la vuelta y ponte esto —dijo colocándolo ante sus increíbles curvas— te subiré la cremallera.


Ella parpadeó un par de veces antes de seguir sus instrucciones y se puso rígida cuando su dedo subió por su columna hasta tocarle la nuca mientras colocaba los complicados broches que mantenían el vestido en su sitio.


Cuando Paula se volvió nuevamente, Pedro quedó atrapado una vez más por su increíble belleza. Aunque su vestido estuviese bien colocado, su pelo era salvaje, derramándose sensualmente sobre sus hombros. Parecía una mujer muy satisfecha.


— ¿Está roto mi vestido? ¿Oh, Dios, nunca vamos a escapar de esto, no? —La preocupación estaba impresa en sus ojos y alrededor de sus labios.


—Estás perfecta, tu vestido está bien y nadie tendrá la menor idea de lo que hemos estado haciendo aquí, —dijo mientras se ponía su ropa— nadie excepto nosotros.


Ella se apartó, pero no antes de que pudiera ver el brillo del deseo en sus ojos, una satisfacción primitiva que no podía ocultar.


—Hablando de nosotros —empezó Paula y él extendió los puños para detenerla.


— ¿Puedes ayudarme con esto?


Pensativa, Paula volvió a su lado y mientras estaba ocupada colocándole los gemelos, él se giró.


—Eres una amante increíble, Paula —le dijo, ella casi dejó caer al suelo el broche que sujetaba con el logotipo de los Outlaws.


—Por favor Pedro, vamos a fingir que esto nunca ha sucedido.


—Dime la verdad —la persuadió, esperando estar haciendo lo correcto— ¿Realmente quieres hacer eso?


Ella abrió la boca, casi habló, luego se lamió los labios. 


Observar el movimiento de la punta de su lengua sobre la sensual curva de su labio superior, lo puso de nuevo duro como una piedra.


—No voy a mentir —dijo Paula con una voz que apenas era un susurro — Lo que acabamos de hacer ha estado bien, muy bien en verdad. Pero sabemos que no podemos hacerlo de nuevo. Nunca, nunca más.


Pero algo en su voz, el modo en que sus dedos rozaban contra las muñecas mientras estiraba los bordes de las mangas, le hizo preguntarse, si ella secretamente quería que la convenciera para continuar donde lo habían dejado.


—Bueno, ahora te voy a decir la verdad como la veo yo.


Ella lo miró con sus ojos azules muy abiertos.


—Hay fuego entre nosotros. Tú y yo somos buenos juntos.


Ella movió la cabeza alejándose, él la agarró de la mano acercándola.


—No tiene sentido negarlo, tenemos química y queramos o no, no creo que sea bueno para ninguno de nosotros intentar ignorar las chispas.


Paula suspiró, los ojos fijos en sus manos juntas.


—Simplemente, no veo como podría funcionar esto.


Tenía que convencerla de una vez por todas para que lanzara la precaución al viento y pasara un maldito muy buen tiempo con él.


—Míralo de este modo: Vamos a estar juntos todo el día casi dos semanas y todos los días, ya estoy en tu casa y tú eres mi acompañante en todos los eventos. Creo que los dos somos lo suficientemente fuertes para disfrutar de lo que queremos sin estar permanentemente pendientes de meter la pata, ¿no es cierto?


Sabía que Paula no admitiría que no sería capaz de mantener solo una relación sexual casual con él.


—Tal vez —admitió ella.


Pedro sonrió con anticipación ante el placer que vendría.


—Con una condición —dijo Paula.


Él asintió sabiendo lo que iba a decir.


—Sin compromiso. Eso es un hecho.


Algo en sus ojos le dio que pensar, le hizo preguntarse si debía haber mantenido su gran boca cerrada. Especialmente porque no estaba seguro si realmente quiso decir lo que acaba de decir.


—Por supuesto que no habrá ningún compromiso —dijo finalmente, confirmando las palabras como si no le importaran lo más mínimo— pero yo iba a decir que acepto si tú te comprometes a mantener nuestra relación en completo secreto.


Pedro se sintió como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago.


¡Joder! ¿Por qué le importaba que ella no quisiera que nadie supiera lo que hacían? No era como si estuviesen saliendo, solo iban a tener sexo, mucho sexo alucinante.


¿Por qué le importaba después de tantos años, que Paula todavía se avergonzara de quién era él? ¿Y si ella pensaba que era poco más que un trozo de carne fresca con dinero, que por casualidad había descubierto cómo sacudir su mundo? Después de todo ambos iban a tener lo que querían y luego seguirían caminos separados.


—No lo haría de ninguna otra manera —él estuvo de acuerdo.


Juntos, en silencio, dejaron el balcón atravesaron la habitación del sexo y descendieron por las escaleras regresando a la fiesta.


—Estupendo —pensó Pedro. Había conseguido lo que quería.


¿Sin embargo, por qué no se sentía feliz?