BELLA ANDRE

miércoles, 2 de noviembre de 2016

CAPITULO 34 (PRIMERA HISTORIA)




A la mañana siguiente Paula buscaba el teléfono que sonaba, mientras Pedro se despertaba bajo ella, balbuceando algo sobre dejar el maldito teléfono apagado de ahora en adelante. Se sentía tan maravillosamente bien con la cabeza acunada en el hueco de su brazo, escuchando los latidos rítmicos y suaves en sus oídos.


Pero después de años siendo una profesional, no podía ignorar el teléfono ¿y si fuera un fuego que ella debía apagar con uno de sus clientes?


La voz advirtiéndola en su cabeza preguntó con un tono mucho más fuerte ¿Y si el incendio estuviera en su propia cama? De repente se despertó completamente. Se sentó y se puso el edredón sobre los senos desnudos. Sabía que aquello era ridículo que nadie excepto Pedro, podía verla ahora mismo. Sin embargo, cuando cogió el teléfono, se apartó el pelo de la cara y enderezó la espalda.


—Paula Chaves—habló con voz tan nítida como pudo después de haber dormido tres horas.


— ¡Querida, estoy tan feliz por ti!


Su madre nunca la había llamado tan temprano, porque normalmente, estaba en la cama hasta tarde debido a las borracheras.


El miedo subió rápidamente por la columna de Paula. ¿Qué estaba pasando?


—Gracias madre —dijo con voz falsamente tranquila— ¿Te importa si te pregunto por qué estás tan feliz?


Su madre suspiró.


—Siempre has mantenido tus cartas ocultas.


Paula no dijo nada, solo esperó que su madre llegase al asunto.


— ¡Has encontrado a tu Príncipe encantado amorcito! Ninguno de mis amigos deja de hablar sobre lo magnífico que es y su aspecto me hace desear ser joven y bonita nuevamente.


Aquel era el momento en el que Paula habría dicho normalmente algo como todavía eres bella madre. Pero aquella vez las palabras simplemente no salieron.


—No es gran cosa. —dijo, deseando que su madre no se sintiera tan entusiasmada por su relación con Pedro. Si las cosas entre ellos no funcionaran, no quería tener que consolar a su madre además de a ella misma.


—Toda madre quiere ver como su hija se enamora de un hombre maravilloso y fuerte, además de asquerosamente rico. ¡No puedo esperar para volver a ver a Pedro!


La risita de su madre irritó los nervios privados de sueño de Paula, pero antes de poder responderle como una hija civilizada y amable, sonó una llamada en espera.


—Tengo una llamada del trabajo por la otra línea, mamá. Me tengo que ir — contestó a la otra llamada.


—Buenos días, señorita Chaves —escucho el acento lento de Bobby— escuché decir que estás cuidando especialmente a mi chico número uno.


Oh, Dios.


—Pedro, lo está haciendo muy bien —dijo con la voz más nítida y profesional que pudo, considerando que el cliente el chico número uno estaba en su cama.


Pedro la miró a los ojos desde debajo del brazo.


— ¿Quién es? —sonaba soñoliento, perezoso y totalmente despreocupado.


Ella movió la cabeza poniendo un dedo sobre los labios de él.


—Bobby.


Pedro se levantó un poco, apoyándose en la cadera y las sábanas se deslizaron de su pecho, dejando al descubierto una extensión deliciosa de piel y músculos.


— ¿Quién?


Ella apretó todavía más la mano sobre su boca.


—Shhhhh.


Pero era muy tarde.


— ¿No es buen momento? Las dos personas con las que quiero hablar están en el mismo cuarto.


—Bobby yo… —comenzó ella, pero Pedro ya había saltado de la cama y tomado la extensión de su escritorio del despacho de al lado.


—Hey, jefe. ¿Necesitas algo en esta hermosa mañana?


La manera de arrastrar las palabras era parecida a la de Bobby, pero sin el fuerte acento sureño.


Paula sentía que iba a vomitar. O a hiperventilar.


—Tú y tu bella dama esperadme sentados, voy para allá.


Paula abrió y cerró la boca. Finalmente consiguió decir un maravilloso antes de que Bobby colgara a ambos el teléfono.


Ella salió de la cama.


— ¡Joder, joder, joder!


Pedro se apoyó en el marco de la puerta.


—Nunca pensé que te oiría decir esa palabra una vez, cuando menos tres —dijo recorriendo con la mirada de arriba abajo su cuerpo desnudo— y es un extra que estés desnuda.


Paula gruñó y salió corriendo al baño. Se recogió el cabello en un moño y se puso bajo el chorro de agua fría.


— ¡Mierda, mierda, mierda!


Por supuesto, se había imaginado que la gente estaría interesada en saber más acerca de ella, la mujer que había conquistado el corazón de Pedro. Había planeado una reunión con Bobby el lunes por la mañana para revisar el nuevo plan sobre la semana final del contrato. Pero había estado tan pendiente del “te amo” de él, que esa parte de su cerebro que siempre ponía los negocios en primer lugar, dejó de funcionar por completo.


Como era típico en él, Pedro esperó hasta que el vapor comenzó a levantarse en la ducha para entrar, ella dejó caer el jabón y la maquinilla. No conseguía dejar de temblar.


—Todo va a ir bien —dijo él.


— ¿Qué te importa? —Acusó Paula — No es a ti a quien van a despedir.


Se encogió de hombros.


— ¿No fue por eso que te contrató? ¿Para qué me volviera un buen chico, y no tener que prender fuego a mi culo?


Ella cerró la ducha y rápidamente se secó con la toalla. Él tiró suavemente de ella.


— ¿Por qué no me dejas hacer esto, antes de que llenes de cicatrices esa piel tan bella?


¿Qué diría Bobby de su relación con Pedro? ¿Cómo podría manejar las cosas de modo que pareciera, que todavía estaba haciendo su trabajo? Porque francamente, no tenía la menor idea de lo que ella era.


Tener sexo varias veces al día con un jugador profesional sexy, definitivamente no estaba en la lista para IRS como “empleo remunerado”.


—Mírame —dijo con una voz que intentaba calmarla— no hemos hecho nada malo. Has trabajado mucho para llevarme por el buen camino. Y desde mi punto de vista puedo ver que ha sido un buen trabajo.


Paula no estaba de humor para sonreír, pero era agradable escuchar que había tenido éxito al domar a un mustang salvaje, directamente de la boca del caballo.


—No recuerdo haber visto en el contrato nada que dijera que tú y yo no podíamos salir.


Ella se mordió el labio.


—Es verdad.


—Estar con una mujer bella y exitosa como tú, hace que un sujeto como yo parezca bueno, y Bobby no es tonto, aunque pretenda serlo. Se dará cuenta que estar con una chica como tú es una ventaja.


Paula no estaba segura de que era peor. El hecho de que el hombre con el que contaba para pagar buena parte de sus cuentas estaba a punto de llamar a su puerta, o que se hubiera enamorado de un idiota que realmente se refería a ella como “una chica como tú”.


Ella se apartó y cogió lo primero que encontró en el armario. 


¿En qué diablos estaba pensando cuando se lió con un tipo como Pedro? Entonces se dio cuenta de que se estaba riendo.


— ¿No puedes tomarte en serio nada ni por un segundo? —gritó.


—Admítelo —dijo— Ya no estabas pensando en Bobby ¿Verdad?


Ella lo empujó a la cama.


— ¿Entonces todo eso de “prender fuego a mi culo” y “chica como tú es una ventaja”, solo era para desviar mi mente de esta situación horrible? ¿No lo has dicho porque te has quedado atascado en los años cincuenta y no puedes dejar de imaginarme en la cocina y con delantal?


—Mejor estar contigo que con una stripper, ¿No es cierto?


Paula se pasó el peine por el pelo. Odió que él tuviera razón, odió ser el tipo de mujer que había creado para Pedro.


Acabó de ponerse el rímel en las pestañas al mismo tiempo que sonó el timbre.


—Yo abro —dijo Pedro, andando por la casa como si fuera suya.


Paula lo dejó ir. Si alguna vez hubo una mañana para un lápiz de labios rojo brillante era esta.


Salió de la habitación en el momento exacto en que él abrió la puerta.


—Tienen un excelente café en la esquina ¿Verdad? —Pedro saludó al dueño del equipo.


—Tendré que volver otra vez para saberlo.


—Voy a preparar una cafetera —dijo Paula haciendo un gesto para que Bobby se sentara en la silla acolchada con vistas al parque.


Bobby asintió sin aceptar la invitación.


—Una oferta adorable, pero innecesaria. ¿Por qué no os sentáis?


Paula estaba horrorizada por la rapidez con que Bobby había tomado el control de todo el mundo a su alrededor. Se sintió como una intrusa en su propia casa, como se vería cuando el terminara de leerle la cartilla.


Se sentó en la silla más dura de la sala de estar y cruzó las piernas recatadamente, manteniendo su expresión cálida pero cerrada. No era tan estúpida como para caer en la delincuencia y el mal comportamiento. Pedro, por supuesto, se dejó caer en el sofá poniendo las piernas encima.


Sin preocuparse por el mundo, aquel sería siempre su juego.


Bobby parecía totalmente a gusto.


—Ha llegado a mi conocimiento —dijo— que ya no eres la comidilla de la ciudad, Pedro.


Él sonrió.


—Paula está haciendo de mí un hombre honrado.


Paula se mordió el interior del labio. Cualquier cosa que dijera ahora solo sería peor. Tal vez si solo se sentase allí y sonriera, todo terminaría bien entre Pedro y su jefe.


Y tal vez las vacas comenzaran a volar.


—Es difícil creer que una muchacha inteligente como tú se enamoraría de un deportista, de un jugador de fútbol profesional —le dijo a ella— especialmente del primero de mis chicos.


—Usted no debe conocer a Pedro muy bien —respondió ella incapaz de seguir el juego por primera vez en su carrera— Es algo más que un jugador o una mercancía.


Bobby miró de uno a otro y sonrió ampliamente.


—El amor verdadero es una bendición.


Paula miró de reojo a Pedro, sorprendiéndose al encontrarlo asintiendo, a pesar de que solo hacia doce horas que le había declarado su amor.


—Desde luego —dijo y se obligó a sí misma a sonreír.


Bobby se levantó.


—Me siento mucho mejor, sobre todo ahora que he confirmado los rumores sobre vosotros dos.


Paula se levantó estirándose la falda, más que feliz por ver que Bobby iba hacia la puerta. No había sido tan malo. No le había gritado ni despedido.


Salió al vestíbulo y entonces se giró hacia ella con una reflexión final.


—Pero te he contratado para limpiar la reputación de mi chico, no para usarlo como tu juguete personal. No podía ser mejor momento para hacer de él un hombre honrado antes de que empiece la nueva temporada. Espero el anuncio de vuestro compromiso a la mayor brevedad posible.


Paula observó su marcha, mientras trataba de recuperar el aliento.


En una sola semana su mundo se había derrumbado. Por otra parte nunca había tenido una relación tan intensa que eclipsara todo lo demás.


Lo último que esperaba al llegar a la sala era ver a Pedro en la alfombra haciendo una rápida serie de flexiones. Lo había visto entrenarse en el gimnasio hacia una semana, pero nunca con tanta intensidad y velocidad.


Jadeaba ruidosamente y su camisa estaba empapada de sudor, pero no se detuvo, no dejó de moverse, a pesar de que sus pulmones debían de estar ardiendo.


Oh, Señor, era la cosa más sexy que jamás había goteado en su alfombra.


Pedro la miró de reojo.


—Noventa y ocho, noventa y nueve y cien —Seguidamente se puso de espaldas encogiendo las piernas sobre su pecho mientras recobraba el aire.


—Me temo que las flexiones no han funcionado, todavía voy a tener que matar a ese cabrón.


Paula tuvo que preguntar, aunque realmente no quería saber la respuesta.


— ¿Por qué?


Pedro salió de la posición fetal y tomó su mano tirando de ella hacia la alfombra con él.


—Me importa una mierda si me trata como a un niño de dos años. Pero lo mandaré al infierno si vuelve a faltarte al respeto nuevamente.


Paula sacudió la cabeza.


—No me molesta —mintió— A veces a los clientes les gusta sentirse como si fueran más inteligentes que una, como si estuviesen en ventaja. No es gran cosa.


Pero lo era. Ella nunca toleraría ese tipo de comportamiento a ningún otro. Lo peor era, que en el fondo sabía exactamente porque se estaba dejando tratar como un felpudo: porque la única otra opción —que era renunciar al contrato con su orgullo intacto— no era realmente una opción.


No si eso significaba enviar a Pedro a su antigua vida y ella volver a la suya.


—No tenemos que casarnos solo porque un culo hambriento de poder nos lo ordene —dijo él.


Paula bajó la cabeza mirando fijamente una pelusa en la alfombra, tratando como una loca de contener las lágrimas que repentinamente inundaron sus ojos.


—Está claro que no, él solo estaba diciendo tonterías.


No se casarían. Ni esa semana, ni el próximo año. Ella lo sabía, siempre lo supo. ¿Entonces por qué estaba tan molesta por eso?


Pedro se quitó la camisa húmeda, la enrolló y la tiró sobre la mesa de café.


—Estoy diciendo que todo esto está mal, Paula.


Desesperada por aliviar la tensión en la sala, dijo:
—Hiciste lo correcto, no lo has matado. No creo que te permitieran jugar al fútbol en la cárcel.


Él sonrió, pero solo durante un segundo.


—Me importa una mierda el fútbol ahora, necesitamos hablar. Sobre lo de casarnos.


La respiración de ella quedó atascada en su garganta.


—Cuanto te pida que te cases conmigo, tienes que estar segura como el infierno de que no lo hago porque mi jefe me ordenó hacerlo.


¿Cuándo te pida que te cases conmigo? Ella agradeció a Dios estar sentada.


—Tú y yo necesitamos solucionar esto, descubrir lo que estamos haciendo —continuó él.


—Bobby tenía razón al menos en una cosa: necesitamos un plan de juego.


Él tenía razón, lo necesitaban no solo por su relación, también por sus seguidores.


Necesitaba empezar a apuntar las cosas en un papel. 


Llamar a los medios de comunicación, a que periodista darle una entrevista en exclusiva, una reunión de emergencia con el personal que trabajaba con ella y hacerles saber el comunicado oficial.


Se levantó de un salto.


—Antes de que tú y yo hablemos con otra persona, tengo que redactar un comunicado de prensa y publicarlo.


Pedro sonrió.


—Parece que la asesora de imagen que amo encontró su camino de regreso a casa.


—Estaré en mi despacho


¿Cómo podía haber olvidado por un segundo que tenía la capacidad de cambiar las cosas?


—Asegúrate de hacer una lista de toda la gente que te ha dejado un mensaje en el teléfono esta mañana.


Pedro sacó el zumo de naranja del frigorífico poniéndose el teléfono móvil en el oído para escuchar el buzón de voz.


—Es raro ver como la gente se vuelve loca porque salgo con una chica normal —dijo.


De cualquier manera, Paula había estado de acuerdo. Pero ella no era una chica normal cualquiera, al igual que él no era un muchacho rebelde.







CAPITULO 33 (PRIMERA HISTORIA)





Una hora después Pedro asentía distraídamente a las admiradoras que hablaban a su alrededor. Estaba mirando a Paula de pie con quien supuso eran amigas de la familia. Muy delgadas y frágiles, se podía oler su infelicidad a un kilómetro de distancia, aunque estuviesen vestidas con ropa de diseño.


Paula no parecía tan pálida como antes de su encuentro, pero su boca estaba todavía apretada y los tendones de su cuello y brazos se mostraban rígidos.


Estaba preocupado por ella esperaba como el infierno que su pequeño jugueteo de arriba la hubiera ayudado. Tenía la absoluta certeza de que ella habría hecho lo mismo por él, si tuviese a su padre borracho a su alrededor.


La mayoría de las mujeres que se le acercaban no solo buscaban un buen rato en la cama sino también a un caballero blanco, que las salvara de sus monótonas vidas. 


Siempre se había asegurado de no cometer el error de dejar a ninguna embarazada, o de meterse en algo de lo que no pudiera salir fácilmente. Aprendió muy temprano a cuidar de sí mismo, sus compañeros de juego venían después. No había sitio para nadie más.


Hasta ahora.


Era curioso lo jodido que parecía todo cuando estaba en secundaria. Paula había sido todo lo que él quería y sabía que no podía tenerla simplemente porque eran muy diferentes.


Pero resultaba que finalmente no lo eran tanto. Porque si se quitaba el viejo dinero, las nuevas mansiones, las caravanas, los anillos de la Super Bowl, todo lo que quedaba eran dos niños con padres que nunca habían demostrado valer para ese cargo.


Paula era la primera mujer con la que había estado que no esperaba que la salvara. Y, francamente, no estaba seguro de que ella aceptara su ayuda si se la ofreciera.


Lo más loco era que Pedro quería cuidar de ella. Quería que supiese que podía contar con él para apoyarla, aunque solo fuera ante dos personas de la alta sociedad que parecían querer sujetarla contra la pared no dejándola marchar. No había nada que deseara más que dejarlo todo y rescatarla, no quería estar en otro lugar.


El hombre de mediana edad frente a él finalmente finalizó su historia sobre un juego que Pedro había ganado hacía seis años. Estrechó la mano del hombre.


—Ha sido muy agradable hablar con usted, pero si me disculpa…


Mantuvo los ojos fijos en ella mientras caminaba por el salón, dejando claro que estaba fuera de servicio ante los invitados que esperaban para conocerlo.


Ella lo miro por un momento antes de llegar a su lado dándole una sonrisa como diciendo “Gracias a Dios que estás aquí”


En ese momento deseó hacer algo más que rescatarla, quería reclamarla. Públicamente. Quería que todo el mundo supiese lo mucho que significaba para él, especialmente sus padres, y sus arrogantes y molestos amigos.


—Hola chicas —dijo suavemente cuando se acercó a Paula acercándola suavemente contra él.


Ella se puso rígida en sus brazos lanzándole una mirada feroz, que ignoró. Ambas mujeres abrieron los ojos con súbita comprensión, Pedro sintió el gusto amargo de la culpa.


—Estábamos contando a nuestra pequeña Paula lo celosas que estamos por que trabaje con deportistas profesionales. Si hubiera sabido las ventajas que tiene hubiera entrado de cabeza en el negocio. 


Las mujeres se rieron como adolescentes.


Pedro rozó su dedo pulgar sobre la sensible piel de su codo. 


Paula estaba enfadada con él, podía sentirlo por la forma en que se movía.


Sin embargo la nota positiva era que apostaba a que Paula no estaba pensando en sus padres.


Poniendo su voz más inocente dijo:
—Los deportistas no son fáciles de aguantar. Es un infierno para un asesor de imagen hacer que parezcamos buenos, porque principalmente pensamos en nuestros músculos y en el juego.


—Y en grandes pechos —murmuró Paula.


Una de las mujeres hizo una mueca.


—Perdona querida, ¿Qué es lo que has dicho?


Pedro se giró rápidamente y retiró una mota de polvo invisible de la frente de Paula, lo que la sorprendió lo suficiente para mantener la boca cerrada durante un segundo.


—Dice que también sudamos mucho.


Los azules ojos de Paula echaban chispas y se dio cuenta que era el momento de tomar medidas drásticas. La orquesta comenzó a tocar una canción lenta de Sinatra, la pista de baile se estaba llenando.


—Disculpen, le prometí a Paula el primer baile de esta noche —dijo alejándola antes de que pudiera protestar.


La llevó al centro de la pista de baile, a pesar que ella había dejado bien claro desde el principio que no iba a bailar con él en las fiestas para que alguien no interpretase mal la relación entre ellos.


— ¿Qué diablos estás haciendo? —le susurró al oído.


—Bailando —respondió él, aunque sabía que hacerse el listillo la enfadaría más.


Una maldición ahogada resonó contra su pecho.


—La gente nos está mirando. Sacarán conclusiones.


La atrajo más hacia él e inhaló el olor a sexo que la impregnaba, su polla se irguió en sus pantalones.


—Lo sé, déjalos que miren.


Paula lo miró y donde esperaba encontrar furia, encontró confusión.


Quería decir algo que la hiciera entender a donde quería llegar, pero su problema era que no encontraba como formar una frase coherente. No cuando sus curvas estaban apretadas contra él, y estaba a punto de cumplir el punto más alto de su fantasía: Noche de Secundaria. Segunda parte.


—Pedro—dijo ella suavemente — Todo el mundo pensará que estamos juntos. Actúas como si fuera tu novia, no tu asesora.


Pedro no podía jugar más a ese juego. Él la quería. Ella lo quería a él. Ya era hora de que estuvieran juntos. De verdad.


—Entonces piensan lo correcto.


Ella respiró profundamente, dos manchas rojas cubrieron sus mejillas.


—Hicimos un trato y se supone que esto debería ser un secreto. Sin compromisos ¿verdad?


Entonces se apartó de sus brazos abriéndose camino entre los invitados, él la siguió de cerca, en dirección a las puertas francesas, descendió las escaleras pasando un estanque hacia un camino que conducía a un espeso seto.


Cuando estuvieron suficientemente lejos, él se inclinó y la giró hacia sí. Ella respiraba con dificultad y su ira estaba viva entre ellos.


— ¿Cómo te atreves? —Escupió— tú de entre toda esa gente deberías saber lo difícil que es para mí tener que estar aquí, en casa de mis padres, con todo el mundo observándome. Después de lo que acabas de hacer, todo el mundo comentará sobre lo triste que es que me haya enamorado de ti, la gran superestrella del fútbol. Que me vas a dejar abandonada a la primera señal de un nuevo par de pechos siliconados.


Ella apartó las manos de su cintura.


—Desde que empecé a trabajar contigo, apenas he logrado mantener mi reputación profesional. ¿Quieres que tenga que volver a empezar otra vez? ¿Es de eso de lo que se trata?


El corazón de Pedro saltó en su pecho. Estaba equivocada sobre él y sus motivos.


—Te amo.


Los ojos de Paula se agrandaron y supo que ella necesitaba oírlo nuevamente. Él necesitaba decírselo de nuevo, dejar que la verdad penetrara en sus huesos.


—Te amo, Paula.


Tambaleándose dio un paso atrás, sentándose rígida en un banco de piedra, Pedro se arrodilló a sus pies. No lo miró, él le cogió las manos frías entre las suyas.


—Sé que hicimos un trato —admitió— Pero las cosas han cambiando.


Ella levantó la barbilla parpadeando.


— ¿Cómo? ¿Cómo que han cambiado? Tú eres tú, y yo sigo siendo yo.


Se movió para sentarse a su lado en el banco.


—Al principio jugábamos al gato y al ratón, porque queríamos ver quien ganaría. Pero ahora hay mucho más.


—Solo porque te gusta el sexo conmigo no significa que me ames.


—Me ha gustado tener sexo con muchas personas.


Los ojos de ella brillaron de nuevo.


—Gracias por recordármelo.


—Pero no he amado a ninguna de ellas. —Paseó el pulgar por el labio inferior de ella— Solo a ti.


Paula se apoyó en la mano levemente, la opresión en el corazón de Pedro se aflojó.


—Me has tomado por sorpresa —susurró— no sé qué pensar.


La atrajo hacia su regazo y la besó suavemente en los labios.


—Confía en mí —dijo en voz baja contra su boca— Vamos a estar muy bien juntos.


A Paula la cabeza le daba vueltas, fue exactamente en como jugaba con la palabra amor. Hacía un minuto estaba ayudándola a olvidar todos sus viejos miedos y al siguiente, nuevas dudas se amontonaban unas encima de otras.


¿Y qué decir de lo profundamente que la había lastimado antes?


¿Y sobre la multitud de mujeres hermosas que le esperaban después de cada partido a la salida del vestuario, en la sala de descanso, o alrededor de la piscina?


Durante mucho tiempo, se había negado el placer porque tenía mucho miedo a ser herida otra vez. ¿Y si esta fuera realmente su única oportunidad de ser feliz?


Tal vez ya era hora de darse la oportunidad —De entregarse al hombre que decía amarla, y luego si las cosas seguían yendo bien— Si él no la abandonaba, o ella perdía su negocio porque todos pensaran que era una tonta por enamorarse de un quarterback, playboy y rico, tal vez hasta pudiese decirle lo mucho que siempre lo había amado.


Pero, por ahora, solo caería en la red que le estaba ofreciendo. Lo único que sabía con seguridad era que le encantaba la sensación de sus brazos fuertes alrededor de ella, los musculosos muslos bajo los suyos. Solo sentarse en su regazo hacia que se sintiera mojada y hambrienta por él.


Luego dijo:
—Hazme el amor Pedro.


Solo había pasado un suspiro cuando él la tuvo con el vestido levantado hasta las caderas y las piernas alrededor de su cintura.


Sus dedos se movieron entre ellos y le encantó la forma en que sus nudillos le acariciaron el clítoris mientras se abría la cremallera y dejaba libre su pene. Una onda fría de excitación la inundó cuando él deslizó un preservativo en su gruesa erección a apenas unos centímetros de los labios de la vagina.


Entonces se deslizó dentro de ella, enorme, grueso y caliente. Tenía las manos en sus nalgas, empujándolas hacia él, levantándola sobre su polla y luego hacia abajo, más y más rápido. Ella aprovechó la ola larga del orgasmo que se acercaba, en todo lo que quería creer era en que él la amaba.


Que siempre la amaría.


Cuando el pulgar de él encontró su clítoris, la empujó hacia arriba, llevándola a la cumbre susurrando:
—Te amo.


Las palabras todavía flotaban en su mente, mucho después de que el orgasmo desapareciera.