BELLA ANDRE

martes, 1 de noviembre de 2016

CAPITULO 32 (PRIMERA HISTORIA)




Las manos calientes de Pedro estaban en su trasero. Ella bajó la boca para besarlo, había sido tan cariñoso y cuidadoso con ella. Descubrir que su padre era un fraude y su madre una borracha podría haber sido el detonante perfecto para utilizarlo contra ella, podría haber usado su vergüenza para obligarla a retroceder, a darle un poco de espacio durante la semana siguiente.


En cambio, escogió ese momento de fragilidad para ser amable con ella, para “protegerla”.


Se mordió los labios preguntándose por qué siempre había pensado que los deportistas no eran más que conchas vacías con músculos. Porque mientras Pedro tenía en verdad presencia y encanto de sobra, también tenía su parte de calor y comprensión.


Retirando los labios del hipnotizante beso, dijo:
—Estoy dispuesta a escuchar tus ideas ahora.


Sintió su erección crecer aun más contra la parte trasera de su muslo.


Él cogió una de sus manos, recorrió cada una de las puntas de sus dedos con el pulgar y seguidamente le giró la mano depositando un beso en la palma.


—Creo que todavía no te he dado las gracias por lo que me hiciste anoche bajo las gradas.


La excitación se arremolinó en su estómago.


—Sabes que no tienes que agradecérmelo —dijo con voz entrecortada y excitada. Algo maravilloso se avecinaba.


—Insisto en devolverte el favor.


La falta de sangre en su cerebro hizo que tardara en comprender.


—Oh —dijo finalmente— quieres…


—Atarte.


La sensual imagen golpeó su pecho haciéndola jadear.


—Vendarte los ojos.


Ella se humedeció los labios preguntándose cómo podía latir tan rápido su corazón.


—Saborearte.


No podía apartar los ojos de Pedro, no pensaba en nada más que en entregarse a él total y completamente.


¿Estaba preparada para confiar en él? ¿Al menos con su cuerpo? Quería entregarse sexualmente a Pedro por completo.


—No tenemos mucho tiempo —dijo ella desesperada por la liberación que le había prometido, le habría gustado que no hubiera nadie abajo en la fiesta, que se encontraran completamente solos.


Una vez había visto esas dos semanas como una eternidad, pero ahora sabía que todo pasaría en un instante.


Echaría mucho de menos a este increíble hombre.


La deslizó de su regazo depositándola en medio de su antigua cama, seguidamente se levanto, cerró la puerta, se quitó la chaqueta poniéndola en el respaldo de una silla.


Era un hombre con una misión, su único objetivo era hacerla sentir bien.


Cuando era una adolescente, fantaseó sobre cómo sería que él la besara y la estrechara entre sus brazos, pero nunca había sentido tanto nerviosismo y excitación.


Por otra parte, nunca se había imaginado a Pedro atándola, de manera que pudiera tenerla de cualquier forma que quisiera.


Él se acercó al armario y regresó sonriendo, balanceando un cinturón de cuero marrón y dijo:
—Esto servirá muy bien para tus muñecas.


Lo soltó a un lado de sus caderas y ella respiró profundamente cuando él deshizo el nudo de su corbata.


—Y esto —dijo— es perfecto como venda.


Ella tragó con la boca seca de repente, ¿Estaba loca? 


¿Realmente le iba a dejar hacerle eso? ¿En casa de sus padres?


Desde el piso inferior llegaron risas borrachas, ¿sus padres no se daban cuenta, de que aquellas personas estaban allí solo para beber champan y comer caviar gratis y no porque les gustaran?


Quizás estar allí con Pedro era la manera perfecta de crear un nuevo y último recuerdo sobre esa casa.


Después de esa noche su último recuerdo sería de un magnífico hombre y las pecaminosas cosas que le había hecho.


Pedro se sentó en la cama y su peso inclinó el colchón obligándola a acercarse. Era caliente y sólido, ella no dudó un segundo cuando él deslizó su corbata de seda sobre sus ojos y la ató bajo su pelo.


Inmediatamente el resto de sus sentidos revivieron, amaba su olor fresco y amaderado. La orquesta tocando abajo “The Way We Were” sonaba como música de fondo a su propia historia de amor personal. Su beso sabía a menta en su boca.


De repente, lo vio todo claro.


Todo el sexo, la diversión, la risa —habían sido algo más que diversión. Le había pedido a Pedro que mantuvieran su relación en secreto no solo para mantener su reputación profesional intacta, sino porque había tenido miedo de que se volviera contra ella, como ya había pasado antes. Pero él ya no era un adolescente sino que era un hombre maravilloso.


Y tal vez, solo tal vez, pensó cuando se inclinó y puso la mano en su corazón, sintiendo los latidos fuertes y constantes, él estuviera enamorado de ella, como ella lo estaba de él.


Puso los dedos alrededor de su muñeca, y supo lo que iba a decir.


—Solo si estás segura —dijo y sonrió.


—Estoy segura —dijo ella, momentos después se encontraba con los brazos sujetos a la cabecera de la cama, no tan apretados como para hacerle daño pero lo suficiente como para que no pudiese escapar.


El calor y la humedad entre sus piernas y sus pezones aumentaron haciéndolos endurecerse.


—Ahora vamos a ver lo que me está esperando aquí abajo —dijo Pedro, arrancándole con su voz y sus dedos un gemido suave, mientras le bajaba la cremallera del corpiño de su vestido sin tirantes y lo abría.


—Llevas mi prenda favorita —susurró mientras bajaba el encaje por sus pechos exponiendo la piel desnuda hasta las costillas— Nada.


Instintivamente ella arqueó la espalda, esperando a que la tocara, que la besara recorriendo con la lengua sus pezones. 


El cogió los pechos con las manos y los juntó de modo que cuando empezó a lamerlos pudo prestar atención a los dos a la vez.


Ella pensó que entregar su cuerpo a Pedro de esa manera sería un regalo para él, pero también lo estaba siendo para ella. Había buscado en el cajón de su mesilla su braguita más sensual y esa noche llevaba solo un trozo de seda blanca y encaje bajo su vestido blanco.


Empujó el vestido sobre su estómago y soltó un largo suspiro.


—Cada vez que te quito la ropa, creo que voy a estar preparado, y siempre me equivoco.


Él cubrió su montículo, con seda y todo, con la boca, su lengua caliente giraba con largas caricias contra sus labios, empujando en su sexo y volviendo una y otra vez a su clítoris. Ella tiró con fuerza de las ataduras pero no pudo liberarse ni aproximarse lo suficiente a la perfecta boca. 


Entonces, gracias a Dios, él apartó la cara seda deslizando un grueso dedo en su interior. La lengua encontró su carne desnuda golpeando el clítoris nuevamente, primero de manera suave, después dura, luego suave.


Ella estaba desesperada por su liberación, desesperada por correrse en su boca, solo hizo falta el más mínimo toque con los dedos en sus pezones para que el orgasmo la recorriera de los pies a la cabeza.


Antes de que pudiera regresar a la tierra, él le puso las manos en la espalda.


—Confía en mí —dijo moviéndole las muñecas para juntarlas girándola hasta ponerla de rodillas con los pechos apretados contra el cabecero de la cama.


¿Realmente estaba en la cama con Pedro? ¿Vendada, atada a una cama, de rodillas esperando a que la poseyera? 


¿Desesperada por él?


Sus manos estaban sobre ella nuevamente, los dedos recorriendo los labios de su coño, su clítoris, recorriendo lentamente el camino por su estómago, sus costillas, sus senos. Cuando pensó que no podría aguantar un segundo más, sintió en calor de la cabeza de su pene empujando en ella, estirándola, marcándola con su grosor.


Una estocada fuerte fue suficiente para alcanzar el orgasmo nuevamente, ella se balanceó contra su pelvis, queriendo que la poseyera más profundamente, tan profundo como pudiese.


Sus manos eran ásperas ahora, ya no era el amante tierno. 


Le estaba dando lo que necesitaba desesperadamente y ahora estaba tomando el placer de su cuerpo.


En ese momento, con el cinturón en sus muñecas y la seda cubriendo sus ojos, Paula se sintió totalmente completa.


Nunca recordaría la casa de sus padres del mismo modo. Y tenía que agradecérselo a Pedro.




CAPITULO 31 (PRIMERA HISTORIA)





El primer pensamiento de Pedro cuando llegaron a la casa de los padres de Paula la noche siguiente fue La mía es más grande y casi se echó a reír a carcajadas ante el ridículo pensamiento. Sin embargo ¿No se había pasado años intentando superar a todos los de su alrededor? ¿A todos los que pensaban que eran superiores al muchacho del remolque?


Lo hizo mejor que todos ellos juntos, en verdad mucho mejor, y no parecía importarle demasiado.


Paula, salió del asiento del Rolls-Royce que sus padres habían enviado, con movimientos extrañamente rígidos, parecía que tuviera una barra de hierro desde el culo hasta el cuello, y Pedro no podía dejar de preguntarse si ella se avergonzaba de que su “gente” la viera con él.


La noche anterior en el campo de futbol, antes de que ella lo atara y lo poseyera a su manera, había sido realmente el momento en el que más habían hablado, con cualquier otra mujer aquello habría sido suficiente para Pedro. Y lo más sorprendente es que había empezado a desear más.


—No tendremos que quedarnos mucho tiempo —dijo ella con voz entrecortada y tensa— beberemos y comeremos algo y nos marcharemos.


Él adoptó una postura relajada con la esperanza de que influyera en ella.


—No te preocupes, estoy feliz haciendo todo lo que me pidas.


Ella pareció enojada.


—No necesito que hagas nada. Ni siquiera deberías estar aquí.


Controlando enérgicamente la expresión rebelde de su rostro, ella cogió su mano.


—Gracias, por hacer esto, esta noche deberías estar descansando y no viéndote obligado a intercambiar opiniones con los amigos de mis padres.


Pedro quería acercarla a él y decirle que jugaría en la defensa esta noche por ella, cuando apenas sus dedos la rozaron ella se separó bruscamente.


— ¡Papá! —dijo con voz anormalmente aguda.


Pedro miró a lo alto de la escalera para ver si su padre había cambiado mucho en esos diez años.


No. Seguía siendo delgado, bronceado e impecablemente vestido. Un Rolex brillaba en su muñeca.


La expresión de Pedro no mostró su antipatía.


—Llegas tarde —fue todo lo que dijo a modo de saludo.


Apenas empezó a disculparse por el tráfico, cuando su padre la cortó.


—Es estupendo volver a verte de nuevo —le dijo a Pedro.


Pedro no olvidaría el día en que se conocieron. Él era alumno junior de secundaria y el padre de Paula quería, como todo el mundo, sacar partido de la superestrella. Pedro estaba destinado a ser un profesional con mucho dinero, pero primero tendría que escoger su plataforma de lanzamiento.


Augusto Chaves era un hombre de Notre Dame, y había sido enviado para atraer a Pedro usando todos los medios posibles.


La mayoría de los muchachos de dieciséis años se habrían sentido intimidados por comer en el Ritz —donde los camareros no le habían pedido que se identificara— por la botella de champan de 1000 dólares, el caviar, el filet mignon y las prostitutas que esperaban en la limusina después de cenar.


Pero Pedro se encontraba más a gusto entre hamburguesas, hablando sobre estrategias, que con los manteles blancos y los camareros que se inclinaban serviles. Prefería estar jugando en la piscina con sus amigos, que escuchar a un imbécil hablar sobre la gran inversión que había hecho y como dirigía su empresa con mano de hierro. Las dos cosas que el padre de Paula le dijo sobre el fútbol le sonaron raras, como si las hubiera leído en algún libro, o hubiera memorizado las palabras de un comentarista de televisión.


Así que, sí, recordaba a su padre. Solo que ahora se preguntaba cómo no la había valorado a ella por sobrevivir con un padre tan gilipollas.


Un golpe invisible se estrelló contra su pecho cuando la respuesta se deslizó sobre él: Porque pensaste que estabas sobreviviendo a lo peor, ¿no pensaste que nadie más estuviera en la misma situación que tú, verdad?


—Nos sentimos todos encantados cuando descubrimos que nuestra Paula estaba trabajando contigo.


Pedro casi esbozó una sonrisa. Paula, seguro que no estaba satisfecha. Lo que había sido una gran parte de su encanto.


El padre de ella siguió rebuznando en el silencio.


—Un cliente como tú, seguramente aumentará su reputación y debería estar muy agradecida a los Outlaws por pensar en ella.


Paula permanecía en silencio. Pedro estaba acostumbrado a sus respuestas rápidas e inteligentes y no le gustaba verla comportarse así, reducida a nada más que a la guapa hija de un hombre rico.


Exactamente como pensaba que había sido en secundaria.


Pedro sonrió levemente.


—Yo insistí en trabajar con Paula, hablé con mi agente dándole a entender que no lo haría con otra persona.


La gratitud prácticamente se filtraba por los poros de Paula y él quería romperle la cara al padre.


El hombre parpadeó e intentó llevárselo hacia adentro, dejándola de pie sola junto a la limusina. Él intentó encontrar su mirada, pero ella observaba fijamente sus zapatos.


— ¡Qué mierda!


Pedro se apartó del padre y regresó a su lado, le levantó la barbilla con un dedo bloqueando la mirada curiosa de su padre con su ancha espalda.


—Somos un equipo —dijo— Tú me has apoyado durante toda la semana, ahora me toca a mí, ¿De acuerdo?


Sus ojos estaban brillantes y él sostuvo su mirada durante unos segundos hasta que consiguió centrarlos nuevamente.


—De acuerdo —Ella habló tan bajo que casi no pudo oírla.


Pedro mantuvo su brazo firmemente alrededor de la cintura de Paula mientras caminaban hacia la entrada. Una joven y alegre rubia les sonrió.


— ¡Que sorpresa! — dijo— ¡Estás aquí!, soy Susana, es muy emocionante conocerte.


Pedro conocía a millares de mujeres como esa y se había acostado con un buen número de ellas. Era curioso como una semana con Paula había cambiado las cosas, porque era seguro que no se sentía atraído por esa muchacha.


Naturalmente era bonita, y tenía las tetas grandes. Pero él tenía predilección por las mujeres inteligentes, interesantes y con grandes pechos, y Paula se ajustaba perfectamente.


Paula se puso rígida en su brazo.


—Supongo que es usted la nueva secretaria de mi padre.


La chica asintió alegremente.


—Desde abril.


Ah, claro. Augusto estaba liado con su secretaria, y si no se equivocaba con chicas como ella regularmente.


Pedro había escuchado las suficientes conversaciones del equipo, para saber que cuando las personas en las que confías mienten y te engañan aprendes a no confiar nunca más.


Había sido un largo camino para comprender el inicial distanciamiento de Paula con él. De acuerdo que se había equivocado con ella en el instituto, pero la forma en que se mantuvo apartada era algo más.


Mirando a su padre y a su nueva “secretaria” definitivamente dejaba las cosas muy claras.


Susana giró hacia Paula.


—Debes sentirte muy afortunada por trabajar con el legendario Pedro Alfonso.


El estremecimiento de Paula fue imperceptible para todos excepto para él y deseó como el infierno estar en cualquier otro sitio que no fuera ése. Si al menos ella le hubiera dicho que su padre era un toca pelotas, podría haber evitado esta reunión y haberse ido a algún lugar los dos solos.


—Paula es increíble —dijo haciendo hincapié en su nombre a la guapa y tonta chica de Augusto— Soy yo el afortunado.


Miró hacia las escaleras y vio una versión descolorida y más mayor de Paula tambaleándose por la amplia escalera curvada. Todos siguieron su mirada viendo a una mujer agarrándose firmemente a la barandilla a cada paso. El pelo le caía por el rostro como a Paula y la forma de su boca era parecida


Llegó abajo sin levantar la mirada ni una vez, un camarero apareció con una bandeja con champan, tomó una copa que vació rápidamente antes de cambiarla por otra llena y dirigirse a la sala.


De repente lo comprendió: la madre de Paula era alcohólica.


Podía sentir como Paula se encogía de vergüenza. Todo lo que quería era que sus padres se comportaran normalmente esa noche ante Pedro.


Y como suponía, eso era exactamente lo que estaban haciendo.


Su padre tenía una nueva amante haciéndose pasar por secretaria y su madre estaba ahogando su vergüenza con la bebida.


Ella no quería que Pedro viera esa parte de ella y se sentía vulnerable, expuesta, le revolvía el estómago.


—Disculpadme —dijo huyendo a la cocina, que estaría llena de personal disponiendo la comida y no le prestarían la menor atención. Pedro tendría que apañárselas solo esta noche. Ella no podía manejar eso.


Solo pensaba en encontrar un lugar donde refugiarse, el lugar en que siempre se escondía cuando era una niña. Su habitación. Subió los escalones de dos en dos, y el pasado regresó.


De nuevo tenía tres años, huyendo de las peleas de sus padres, de sus voces alteradas y de sus caras desfiguradas.


Tenía seis años, se preguntaba por qué su madre hablaba tan gracioso, liándose con las palabras en la mesa cuando comían.


Tenía diez años, y odiaba a su padre por hacer que su madre se pusiera triste cuando regresaba tarde a casa, saltándose la cena y odiaba a su madre por ser débil y aceptarlo.


Tenía catorce años, subía los escalones para soñar con un nuevo chico de la escuela, un jugador de fútbol que ni siquiera sabía que existía.


Tenía dieciocho años, regresaba a casa por la mañana después de la más maravillosa y horrible noche de su vida, en la que había perdido la virginidad con el jugador estrella de la escuela, el mismo que no la había mirado ni hablado durante cuatro años.


Ahora tenía casi treinta años y todavía subía corriendo los escalones para esconderse de todo lo que no quería hacer frente, todavía buscaba a alguien a quien amar, que la correspondiera.


Giró a la derecha al final de la escalera y por un segundo se preguntó lo que se encontraría tras la puerta cerrada de la habitación de su infancia.


Conteniendo la respiración giró el picaporte dorado, todo estaba como lo había dejado. La colcha de flores de Ralph Lauren, los posters del Fantasma de la Opera y de Les Mis.


Todas las cosas que había abandonado, todavía estaban allí, cogiendo polvo, esperando a que regresara a por ellas.


Su madre no había tocado su cuarto, no había quitado nada. 


Eso habría sido demasiado esfuerzo para Carolina.


De repente se preguntó si no serían más parecidas de lo que pensaba, después de todo no estaba más dispuesta que su madre a hacer frente a los recuerdos y las emociones que estaban en esa habitación.


Tal vez subir no había sido una buena idea después de todo. 


Quizás pudiera bajar rápidamente y esperar en la limusina a que la fiesta terminara. Sus padres no notarían su ausencia, no con su padre concentrado en cómo impresionar a sus invitados con Pedro, y su madre bebiendo para olvidar.


Un golpe sonó en la puerta, la hermosa figura de Pedro llenó el hueco.



— ¿Te importa si me quedo contigo?


Una mezcla de alivio y humillación la inundó. Se alegraba de no tener que fingir ante Pedro que era la feliz hija de la casa, él se había dado cuenta en un abrir y cerrar de ojos, ahora conocía sus secretos.


Sabía de dónde venía y lo que había estado escondiendo.


—Claro —dijo con voz temblorosa— entra.


Entró y la habitación se empequeñeció ante sus ojos. Sus anchos hombros y su altura llenaron su dormitorio, cambiándolo en un momento de una infancia inocente a algo misterioso.


Peligroso.


— ¿Así que aquí es donde creciste? —él miró la cama— Donde dormías.


Ella tragó saliva asintiendo.


—Tengo que saberlo, ¿Qué te ponías para dormir?


Las mejillas le ardían.


—No mucho —admitió cuando él se aproximó.


—Bien, muy bien —y entonces— es bueno que no lo supiera en el instituto, porque tenía una erección cada vez que te veía caminar por los pasillos, pensar en ti desnuda sobre esa cama me hubiera llevado al límite.


De repente Paula no pensó en sus padres, o en lo avergonzada que estaba con su comportamiento.


Al contrario, en lo único que conseguía concentrarse era en lo bien que se sentía siempre que Pedro estaba cerca de ella, en lo mucho que lo quería.


—Tengo una idea —dijo él sentándose al borde de su cama, una cama en la que nunca había estado con un chico, solo alguna que otra masturbación.


—Soy toda oídos —dijo, a pesar de que la respuesta más honesta habría sido que era toda hormonas siempre que él estaba a su alrededor.


—Ven aquí —dijo acariciando suavemente su costado.


Paula se aproximó a sus rodillas, él tiró de ella acercándola. 


Su calidez y sus duros músculos la dejaron sin aliento.


—Todo el mundo está ocupado bebiendo y charlando abajo. 
Creo que tenemos algo más de una hora para matar antes de cenar y ver la cama me ha dado muy buenas ideas.


—No sé si debería —susurró ella.


—Yo creo que sí —dijo con un guiño y, en aquel momento, Paula no pudo evitar enamorarse un poco más de Pedro.




CAPITULO 30 (PRIMERA HISTORIA)





Hasta ahora había estado al mando decidiendo dónde y cuándo tenían sexo, incitándolo todo el tiempo. Paula no estaba en condiciones de ser rechazada, herida por él.


— Si quieres lo suficientemente algo creo que debes ir a por ello.


Ignorando los rápidos latidos de su corazón ella dijo:
— Realmente me lo he pasado muy bien esta noche y solo una cosa podría mejorarlo.


El fuego saltó en sus ojos y ella podía jurar que tuvo una erección instantánea.


— ¿Qué sería? — preguntó él recostado contra la tribuna de madera.


— Sigo viendo aquella imagen —comenzó lentamente— de ti, con los ojos vendados. — Hizo una pausa para que sus palabras se asentaran.


— Continúa.


— Desnudo.


Él tragó saliva asintiendo con la cabeza.


— ¿Algo más?


Ella movió las caderas del duro banco, su piel estaba tensa y cálida ante la traviesa imagen que tenía en mente.


— Creo que estás atado con algo.


— Podríamos habernos ido después del postre, lo sabes.


Sus palabras eran suaves, pero la desesperación tras ellas desmentía su tono calmado.


Paula se humedeció los labios.


— No se me da bien ser grosera.


— Siempre que continúes tramando planes brillantes como éste, puedes ser tan educada como quieras.


La atrajo a sus brazos y ella se sintió tan segura y protegida con su fortaleza. Le levantó la barbilla para que lo mirara.


— Te deseo, durante todo el día, cada hora pienso en ti, en tocarte, en estar contigo.


— Me pasa lo mismo a mí, exactamente lo mismo.


La besó en la boca acariciándola, saboreándola, diciéndola cuanto la deseaba. Ella se acercó presionando sus senos en la dura pared de su pecho, enredando sus dedos en el pelo suave. Deslizó su lengua en la boca, cubriendo sus pechos con las manos apretándolos hasta que ella estuvo gimiendo.


Sus manos recorrieron su cuello, sus hombros, las ondulaciones de su pecho y abdomen hasta que encontró el dobladillo de la camiseta de los Outlaws. Pasó los dedos ligeramente bajo el algodón suave y el estómago de él se contrajo, apretando más los labios contra los de ella.


Sintió que perdía el control y desesperadamente intentó recordar su plan original.


Quería enseñarle lo que era estar a su merced, esclavo de sus deseos, y al mismo tiempo quería darle placer, demostrarle del modo más íntimo lo especial que era.


Retirándose de su boca, preguntó.


— ¿Estás preparado para hacer de mi sueño una realidad?


— Aquí tienes tu venda para los ojos — respondió él quitándose la camiseta.


Ella se rió a pesar de que una voz en su cabeza le decía que él era muy bueno en eso, que seguramente habría jugado ese juego muchas veces con otras mujeres.


— Tal vez deberíamos regresar a mi casa —dijo luchando contra la vocecilla interior y preguntándose por qué le había contado a Pedro su secreta fantasía. Y lo que es peor ¿no sería ella la que saldría peor parada al final?


Levantó la vista y se dio cuenta de que la observaba de cerca.


— Nadie nos molestará —dijo él— Especialmente si las luces están apagadas.


Bajó las gradas, cruzó el campo y apagó las luces por lo que el estadio quedó bañado por la tenue luz de la luna.


El sexo con Pedro era arriesgado y excitante, pero era algo más que los lugares locos en los que lo hacían, no importaba donde estuvieran, compartían una intensa conexión.


Una conexión que ella nunca podría encontrar en nadie más.


Él hizo un gesto para que lo acompañara a la base de las gradas.


— Hay una forma más para asegurarnos de que no daremos un espectáculo gratuito a los vecinos.


Paula atravesó cuidadosamente las empinadas filas y a cada paso recuperaba su confianza sensual. Cuando él apuntó hacia un espacio oscuro bajo las gradas, Paula no podía esperar a llegar al lugar para atar a su magnífico amante temporal.


— Date la vuelta —dijo con una voz sexy, entonces puso la camiseta alrededor de sus ojos, mientras él estaba de espaldas, le pasó las manos por el increíble pecho, sus músculos se tensaron y flexionaron bajo sus palmas, apretó los pechos contra su espalda apoyando la mejilla en sus omóplatos.


Pedro olía a hierba recién cortada y a sexo y ella guardó eso profundamente en su memoria.


Lentamente lo rodeó, disfrutando de la vista desde todos los ángulos, se sintió complacida al ver la fuerte erección que empujaba contra el cierre de sus pantalones. Dando las gracias porque su vestido tuviera un cinturón largo, lo desató rápidamente y lo sostuvo entre sus manos


— Las manos sobre la cabeza —ordenó, poniéndose de puntillas para atar la banda de seda alrededor de sus muñecas. Cuando terminó dio un paso atrás, amando lo bien que se veía estirado ante ella, esperando ser tocado.


Ella se golpeó los labios con el dedo.


— Te diría lo que te voy a hacer ahora —dijo — pero entonces la venda no tendría sentido ¿no es verdad?


— Yo soy un tipo que corre riesgos —dijo Pedro y ella sonrió. 


Ella también lo era.


Le desabrochó el botón del pantalón, dejando que sus dedos se deslizaran sobre la polla cubierta por el algodón de la ropa interior, mientras le bajaba la cremallera.


Después de bajarle los pantalones hasta las caderas, deslizó un dedo en la abertura de los bóxers encontrando la piel suave y sedosa, lo movió hacia arriba y seguidamente de arriba abajo por toda la dura longitud. Él gimió y un calor húmedo la inundó. Ni siquiera la había tocado y ya estaba a punto de correrse.


Una parte de ella quería jugar con él, hacerle suplicar, pero más que eso quería sentirlo en su boca, sentirlo empujando entre sus labios, sus mejillas, su garganta.


En un instante le bajó los calzoncillos y se arrodilló ante él.


Su pene era hermoso y perfecto, levantado orgulloso ante ella.


Sopló sobre él y la caliente respiración hizo brotar una gota de pre-semen que ella extendió con la lengua, saboreándolo.


Él gimió nuevamente.


Cogiendo la base del miembro con su mano se humedeció los labios y movió la hinchada cabeza alrededor de la humedad de su boca, saboreando la excitación dulce y salada de él. Lo siguiente que supo fue que estaba chupando el grueso miembro, llevándolo hasta el final de su boca, hasta la garganta, tirando de él con las mejillas mientras bombeaba el eje con la mano. La otra mano subió hasta su pecho, mientras se hacía más grande y más duro con cada pasada juguetona de su lengua, ella gemía en torno a su polla, instándole a correrse.


Él se quedó completamente inmóvil durante un largo rato antes de balancearse frenéticamente contra sus labios, cuando quiso darse cuenta, él se había soltado el cinturón de seda y ella estaba tumbada de espaldas sobre la tierra blanda bajo las gradas. Pedro estaba encima de ella, levantándole el vestido y retirándole las bragas de los húmedos labios de su coño.


Entonces se introdujo en ella y la besó, se sentía tan segura, tan maravillosamente a salvo con él, que su clímax llegó, bella y rápidamente, la luna brillaba entre los soportes de madera, iluminando lo suficiente para que pudiera observarlo mientras se corría, con una expresión que casi parecía de amor.