—Señora Alfonso, robé su deseo para su nieto y lo convertí en una mentira horrible. Lo siento mucho, tanto por lo que he hecho.
Paula estaba junto a la cama de Eugenia y esperó la ira, el llanto o la decepción, o todo lo anterior de la mujer a la que había traicionado con una mentira. Pedro había querido entrar en la habitación con ella, pero le había dicho que esta disculpa era algo que tenía que hacer sola.
Sorprendentemente, él había respetado esa decisión.
La otra cosa sorprendente fue que su abuela no parecía especialmente molesta por su confesión. Paula no podía entenderlo. De acuerdo a los mensajes que sus hermanas habían estado dejándole a través de mensajes de voz, texto y correo electrónico, miles de desconocidos estaban enloqueciendo a través del Internet y la televisión debido a su matrimonio falso con Pedro.
¿No debería estar su abuela más molesta que nadie?
—La verdad es que, cariño —dijo Eugenia mientras tomaba las manos de Paula y las palmeaba suavemente—, el amor nunca fue sencillo para mí, tampoco. —Hizo una pausa, sostuvo la mirada de Paula—. Y realmente amas a Pedro, ¿no?
—Sí —admitió Paula, sin poder hacer nada más que decir la verdad ahora— Quiero a su nieto. Pero no importa. No cuando no puedo confiar en él.
—Lo sé.
Ella no podía creer que su abuela no lo estaba defendiendo.
—¿Qué quiere decir con que lo sabe?
Eugenia suspiró, sacudiendo la cabeza.
—Sólo porque amo a mi nieto no quiere decir que no veo sus defectos. Es obstinado. A veces es una buena cosa, como cuando estaba persiguiendo su sueño de hacer una carrera en el fútbol. Pero otras veces, se mete una idea en la cabeza y la sigue en línea recta hasta un callejón sin salida. —Para sorpresa de Paula, la mujer sonrió—. ¿Alguna vez te dijo acerca de la primera vez que fui a pagar su fianza en la correccional? Él empezó a responderme de nuevo antes de
incluso meternos en el auto, así que me di la vuelta y lo llevé de vuelta al interior. No creía que lo dejaría ahí, pero lo hice.
Paula negó con la cabeza.
—¿Él fue a la Correccional de Menores?
—Oh, sí. También pasó una noche en la cárcel una vez.
Paula sintió que sus ojos se ampliaron.
—¿Estuvo en la cárcel? —Trató de decirse a sí misma que no le importaba, que no importaba ahora ya que ellos no iban a ser marido y mujer, pero ya se había dicho bastantes mentiras—. ¿Por qué?
—No mucho. Beber de recipientes abiertos. Responder a los agentes de policía. Su padre era igual que él cuando era joven. Demasiada energía y ningún lugar para ponerla. Fue entonces cuando su padre comenzó a volar, aviones
rápidos reales que podían soportar todo lo que él podía dar.
Paula sintió suavizarse hacia Pedro. ¡No! El hecho de que su abuela no podía dejar de ver lo bueno en él, no significaba que Paula tenía que seguir viéndolo también. Había venido aquí para pedir disculpas a Eugenia por sus mentiras, no
para dejar que la mujer la convenciera para el verdadero matrimonio.
Tenía que conseguir poner su atención de nuevo en la disculpa.
—Realmente lamento por el hecho de hacerle creer que mi relación con Pedro era algo que no es. Espero que pueda encontrar en su corazón perdonarme algún día.
—Oh, cariño. —Eugenia palmeó sus manos de nuevo—. Aprecio que hayas venido hasta aquí por mí, pero no creo que realmente quieras que te perdone por enamorarte de mi nieto. Creo que deberías perdonarte a ti misma en primer lugar.
—¿Cómo puedo hacerlo? —susurró Paula—. Le he mentido a todo el mundo. No sólo a usted, sino a mi familia, mis amigos, mis colegas.
—Pedro cometió sus errores. Y ahora tú has cometido los tuyos.
Paula negó con la cabeza, indispuesta, incapaz de creer que todo podía ser tan fácil.
—Sé que estás sufriendo, cariño, y sé que mi nieto es la razón de eso. Pero nunca lo he visto mirar a nadie de la forma en que te mira. Como si por fin hubiera visto el sol, como si finalmente creyera que puede brillar sobre él.
El corazón de Paula casi dejó de latir.
—Tenía que actuar de esa manera para que así creyera que me amaba.
—Oh no. Mi muchacho nunca ha sido capaz de mentirme. Él te ama, cariño. Lo curioso sobre nosotros los Alfonso es: somos intratables sobre las relaciones. Hacemos nuestro mejor esfuerzo para actuar como si no necesitáramos a nadie. Pero cuando nos enamoramos, eso es todo para nosotros. Sólo una vez. Pero con cada último pedazo de nuestro corazón.
Paula no sabía qué decir, no cuando lo último que esperaba era que la abuela de Pedro se sentara aquí y hablara con ella sobre el amor. Culparla, gritarle, odiarla… era todo más fácil que amar
—Si pudieras, ¿desharía todo de nuevo? Si pudiera aplaudir mis manos y enviarte de nuevo a la noche del viernes y asegurarme que nunca conocieras a mi nieto, ¿ese es el camino que tomarías?
Paula abrió la boca para decir que sí, por supuesto que desharía todo lo que había hecho. Pero las palabras no quisieron venir.
—O —dijo su abuela con tal bondad, tal entendimiento—, ¿lo amarías de todos modos?
* * *
—Nunca me perdonaré por lo que te hice, abuela. —Un destello de dolor lo atravesó—. Y a Paula. —La abuela de Pedro le tendió la mano, tan suavemente, como si él fuera el que estuviera en la cama del hospital—. Tomé su inocencia y la rompí en dos.
—Estoy enojado contigo, Pedro. Paula está enojada contigo. —Su abuela hizo un gesto hacia la pila de papeles sobre su mesa auxiliar—. El mundo entero está enojado contigo. Seguramente tienes mucho que explicar y humillación por hacer. Pero la ira se desvanece.
—No me importa lo que piense el resto del mundo. —Y era verdad, nunca lo hizo. Era lo que le había hecho impenetrable—. Sólo me preocupo por ti… — Su garganta se tornó casi demasiado apretada al decir—, y Paula.
—Todavía te quiero, cariño. Y la última vez que vi a alguien tan lleno de amor como Paula, estaba viendo a los ojos de tu abuelo. Tu padre amaba a tu madre de esa manera, también. Todo el tiempo. Sin retener nada. Sin importar lo que pase.
—La hice mentir por mí.
—Pedro. —Su nombre era una advertencia en los labios de su abuela—. No sigas con la mentira. No sigas metiéndote en problemas. Sí, te has beneficiado de las mentiras. Pero ella también lo hizo, de lo contrario no habría seguido
adelante con ello.
Pero el hecho de que Paula había hecho sus propias decisiones no cambiaba el hecho de que él estaba arruinando su vida, que había seguido y hecho todo en
el lapso de una corta semana.
—Tengo que dejarla ir para que ella pueda tener una vida normal, casarse con un tipo que sea lo suficientemente bueno para ella.
Un tipo al que soñaría matar con sus propias manos cada noche.
—Sé que piensas que has roto su corazón. Pero son algunas grietas, eso es todo lo que hay en ella en este momento. Si realmente quieres verlo roto, entonces sigue adelante y deja que un hombre mejor la tenga. Pensé que eras más inteligente que esto, Pedro. —Su abuela no había hablado con él de esta manera desde que lo rescató de la cárcel en su primer año en la universidad—. ¿De verdad no ves que todo tu futuro está en Paula? ¿De verdad vas a solo parar y tirar todo por la borda? Has luchado antes, cariño. Lucha de nuevo. Lucha como el infierno para arreglar lo que has hecho mal. Y cuando vuelvas al camino correcto, ni se te ocurra mirar hacia atrás. Sólo hacia adelante.
Palabra por palabra, era lo que le había dicho cuando tenía diecinueve años.
¿Cómo podía haberlo olvidado?
Jugar al fútbol había sido importante, le había dado un propósito, una razón para sentirse bien consigo mismo en la mañana. El fútbol había sido algo más que su medio de vida, había sido su todo.
Pero podría jugar mil partidos más, podría seguir levantándose por la mañana, seguir depositando esos grandes cheques en su cuenta bancaria, y no importaría. No sin Paula. Porque ella era su todo.
Y él iba a recuperarla. De cualquier manera, de alguna forma, él iba a convencerla que tenía que estar con él.
Cuando alguien llamó a la puerta, Pedro miró esperando ver a Paula, y se sorprendió al ver al médico con ella.
Por favor, Dios, no. No esto también.
Cuando su abuela lo había estado sermoneando, tratando de meter algo de sentido en su cabezota, casi había olvidado que estaba enferma. Ella se veía y sonaba igual que la mujer de hace quince años que le había retorcido la oreja y le dijo:
—No la jodas otra vez.
—Señor Alfonso, pensé en traer a su esposa de vuelta para así poder dar a toda la familia la noticia al mismo tiempo. —Pedro apenas pudo procesar la sombra de una sonrisa en los ojos del doctor—. Eugenia, eres una mujer extraordinaria.
Su abuela le lanzó una mirada de triunfo.
—Siempre le he dicho eso a mi nieto.
—Y siempre lo he sabido. —El interior de Pedro estaba tan jodido ahora que sus palabras sonaban como gravilla raspando la parte inferior del zapato.
—Lo siento, no es justo de mi parte sacarlo así. Es sólo que es tan divertido, uno de los mejores momentos de mi trabajo en realidad, el entregar una buena noticia.
Pedro casi disparó fuera de su asiento para agarrar al médico y sacarle el resto, pero un pequeño sonido de Paula lo distrajo, y lo tuvo mirándola a ella en su lugar. Sostuvo una mano sobre su corazón, la otra envuelta con fuerza alrededor de la mano de su abuela.
—Tendremos que hacer más análisis de sangre, pero con base en los análisis que hicimos anoche, creo que nos dirigimos fuera del peligro. Esperemos que para siempre.
Pedro podría haber jurado que las nubes se abrieron fuera de la ventana, que la luz del sol entraba a la sala justo cuando su abuela gritaba como solía hacerlo en los casinos cuando conseguían un gran ganador en las máquinas
tragamonedas, tan feliz por un extraño como si ella se hubiera llevado el premio mayor.
El rayo de luz iluminó a Paula y fue golpeado por su belleza por centésima vez. Su inocencia. La bondad pura que irradiaba de su núcleo. Y mientras se encontraba con sus ojos y sonreía para celebrar la victoria de su abuela, ahí fue
cuando su esposa finalmente se permitió llorar. No porque recién le había roto el corazón.
Sino porque la mujer que había conocido tan solo una semana atrás podría no morir después de todo.
—Hola, mamá.
Paula estaba sentada en el asiento trasero de un taxi camino al aeropuerto,
Pedro los seguía de cerca en su auto. No le había dicho ni una palabra al salir de la ducha y aunque apenas le había sacado sus ojos de encima hasta que llegó el taxi,
no la habría presionado.
Había abierto el artículo en su teléfono al minuto en el que había subido al taxi. Cada palabra que Cynthia había escrito —sobre cómo Pedro y ella habían parecido un cuento de hadas cobrando vida, sólo para darse cuenta de que, por
desgracia, su relación realmente era demasiado buena para ser verdad— había arrancado otro pedazo del corazón de Paula. Ahora, mientras su madre derramaba simpatía en la línea inalámbrica, otra ola de dolor se apoderó de ella.
—Lo siento —le dijo en voz baja a su madre—. Nunca debí haber mentido. Sobre todo cuando sabía desde el principio que no todo estaba bien. —Había evitado a propósito ver o hablar con sus padres y hermanas durante la semana
porque no había querido enfrentarse a la verdad. No había querido ver que se estaba comportando como una loca.
No una loca buena, lo que sea que había pensado que era eso. Una loca mala.
Pero ahora que se estaba forzando a ser honesta, completamente y dolorosamente honesta, ¿no era también cierto que la forma en que se sentía mientras estaba sentada en el asiento trasero del taxi no era del todo culpa de Pedro?
No la había obligado a hacer nada, no la había retenido con una pistola en la cabeza y la había hecho decir las cosas que le había dicho a su familia, amigos y a la periodista.
Justo como le había dicho, todo lo que había hecho, todas las mentiras que había dicho, había sido en última instancia su elección. Estaban totalmente en su propia cabeza.
Sopesando en su vientre.
Creando agujeros en su corazón.
—No —dijo a su madre—, no culpes a Pedro. Estaba haciendo lo que creía que era correcto para su abuela enferma. Casarse conmigo era lo que pensaba que tenía que hacer para hacerla feliz.
El taxista giró un poco la cabeza como si estuviera tratando de escuchar la respuesta de su madre.
Francamente, a Paula ya no le importaba. Todo el mundo sabía lo idiota que había sido.
Todo el mundo sabía que se había enamorado de un hombre que no la amaba de la misma manera.
—No estoy poniendo excusas por él —dijo—. Lo que finalmente estoy haciendo es decir la verdad.
Sería tan fácil caer en los consoladores brazos de su madre, dejar que sus hermanas se reunieran a su alrededor, dejar que todas crucificaran al hombre con el que se había casado. Tan fácil.
Y tan falso.
—Cometí un error, mamá. Y sobreviviré.
De algún modo, de alguna manera, había resuelto cómo recoger los pedazos y seguir adelante con su vida. Un día la gente dejaría de sentir lástima por ella. Un día encontraría a otro hombre para salir, casarse, amar. Y un día se iría a la cama y se daría cuenta de que no había pensado en Pedro por minutos. Incluso horas.
Pero justo en ese momento, justo cuando pensaba que por fin se estaba diciendo a sí misma la verdad, cometió el error de mirar por el espejo retrovisor.
—Prométeme que lo recordarás, cariño. No importa lo que pase. Prométeme que no olvidarás que te amo.
Oh Dios, no lo había olvidado. ¿Cómo podría, cuando sus declaraciones de amor todavía sonaban en sus oídos, cuando todavía podía sentir la dulzura de su tacto en toda la superficie de su cuerpo?
Pero aceptar el amor de Pedro no era sobre recuerdos. Era sobre confianza.
Y confianza era algo que no tenía.
* * *
Pedro quería golpear los dientes de cada persona que los miraba fijamente mientras caminaba con Paula por el aeropuerto. Después de que había insistido en tomar un taxi, en lugar de conducir con él al aeropuerto, había pensado que trataría de dejarlo atrás una vez que llegaran adentro.
Pero cuando se la encontró en el puesto de control de seguridad, ella esperó silenciosamente a que se pusiera
sus zapatos y se acercaron juntos a la puerta de embarque.
No parecía enojada. No se veía como si estuviese a punto de llorar.
Simplemente no parecía que le importara nada de cualquier manera. Eso fue lo peor de todo, Pedro se dio cuenta mientras caminaba por el aeropuerto a su lado:
Su resplandor se había ido.
Y era su culpa.
Quería ponerse de rodillas y suplicar su perdón. Quería mantenerla quieta frente a él hasta que accediese a escucharlo. Quería besarla hasta que creyese que la amaba.
Pero estaban en la plataforma, por lo que no podía hacer ninguna de esas cosas. Lo único que podría hacer era dejar perfectamente claro para cada persona observando que si se atrevían incluso a decir una palabra a cualquiera de ellos, o tomar una fotografía con un celular, lo lamentarían profundamente.
Mierda. No soportaba ese silencio. No soportaba saber cuánto lo odiaba Paula. No soportaba saber cuánto se lo merecía.
Sacó su teléfono, escribió un mensaje de texto. Oyó un zumbido en su bolso y pensó por un minuto que lo ignoraría.
Pero luego metió la mano en su bolso.
TE AMO. POR FAVOR, PERDÓNAME.
Pasó el dedo por la pantalla táctil y borró su mensaje, después dejó caer el teléfono en su bolso, su expresión no cambió ni una vez.
Lo que más le dolía era estar tan condenadamente cerca de Paula, teniendo un centenar de cosas que quería decirle, y sabiendo que no escucharía ninguna de ellas
Ella se alejaría antes de que tuvieran la oportunidad de ver lo que podría haber sido.
Y nunca creería que la amaba.
Paula nunca se había sentido tan bien. O tan feliz. Tan increíblemente feliz que algunas veces estaba segura de que debía estar soñando, que iba a despertar uno de esos días y darse cuenta de que Pedro no era real, que se lo había inventado para ser su hombre perfecto. Fuerte, dominante, sexy, y sin embargo tan cariñoso, tan cálido, tan maravilloso.
Ninguno de ellos tenía que levantarse temprano un sábado por la mañana y por primera vez desde que llegaron a casa a San Francisco, habían tenido la oportunidad de tener relaciones sexuales sin prisas en la mañana. No, pensó ella
con una sonrisa mientras se metía más profundamente en las sábanas, que no había habido nada particularmente despreocupado al respecto.
Estaban demasiado calientes entre sí para prolongarlo sin entrar en combustión en los brazos del otro.
Y la cosa era que Paula había tenido suficiente sexo despreocupado antes de Pedro. Le encantaba el sofoco de la atracción, le encantaba cuán indefensa era para su deseo.
Porque eso es lo que Pedro era para ella. Una droga deliciosamente sensual que saturaba su sistema.
Ansiaba su toque. Su calidez. Sus palabras susurradas sobre su piel. Desde el primer momento en que la había besado, había estado perdida, sin ningún deseo de ser encontrada.
Una y otra vez, había olvidado protegerse contra el embarazo cuando hacían el amor. Pero en lugar de estar preocupada, en lugar de preguntarse cómo podría haberse dejado llevar, se encontró notando la sensibilidad en sus pechos y preguntándose si tal vez, sólo tal vez, en nueve meses estaría viendo los ojos de Pedro en una niña o un niño.
Todo lo que alguna vez había deseado estaba haciéndose realidad, cosas en las que casi había dejado de soñar
Todo debido al hermoso hombre entrando en el dormitorio, sosteniendo dos tazas de café.
Su celular saltó del tocador enfrente de la cama. El timbre estaba apagado, pero Pedro escudriñó la pantalla.
—Es tu madre
—La llamaré más tarde.
Tomó la taza de él, primero dando un sorbo con sus labios. Apenas había probado el café antes de que él lo tomara de ella y pusiera ambas tazas en la mesa de noche.
—No te importa el café frío, ¿o sí?
Tembló en una deliciosa anticipación ante la mirada retorcida en sus ojos.
—¿No es por eso que se inventaron los microondas?
Se puso en sus rodillas para alcanzarlo y sus brazos la rodearon inmediatamente, la llamada de su madre y el café completamente olvidados. Pero luego, su teléfono saltó de nuevo, y esta vez ella podía escuchar el timbre, también, desde el cajón en el armario donde lo puso en la noche.
Las manos de Pedro se detuvieron en su piel. Se recostó lo bastante lejos como para que ella pudiera verlo a los ojos.
—Dulce Paula, sabes lo mucho que significas para mí, ¿verdad? Sabes lo feliz que estuve de encontrarte en ese club en Las Vegas, ¿cierto?
La única vez que lo había visto así de serio fue cuando habían estado hablando con los médicos de su abuela.
—También soy feliz, Pedro.
Pero el ceño fruncido entre sus cejas no se alivió, sino que sólo se enterró más profundamente.
—Debería haberte dicho lo que siento cien veces a estas alturas, nena. Debería haber estado enviándote tarjetas y flores para hacerte saber lo que significas para mí.
Su corazón casi detuvo sus latidos. Tuvo que obligarse a no contener el aliento, a seguir respirando. Había esperado, rezado, por este momento.
Ambos teléfonos sonaron de nuevo y él parecía momentáneamente distraído. Ahora ella también estaba frunciendo el ceño.
—Dime ahora, Pedro. Lo que sea que es, estoy aquí. Escuchando.
Su mirada se clavó en la de ella y juró que su corazón realmente se estremeció detrás de sus costillas.
—Te amo, Paula. Demasiado.
Los sueños en verdad podían hacerse realidad. Incluso los que parecían imposibles.
—También te amo.
—Prométeme que lo recordarás, cariño. Sin importar lo que pase. Promete que no olvidarás que te amo.
Abrió su boca para prometerle, para decirle que no había manera en que pudiera alguna vez olvidar que la amaba, pero justo entonces el timbre de la puerta sonó al unísono con ambos teléfonos.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué todo el mundo está tratando de agarrarnos esta mañana?
No le respondió, solo ahuecó su rostro entre sus grandes manos y la besó con el mismo amor que le había profesado.
Se apartó de la cama y se puso los jeans, luciendo como que iba a enfrentarse al verdugo.
—¿Qué está pasando, Pedro?
Cerró sus ojos, de pie en medio de su dormitorio como un hombre que estaba a punto de perderlo todo.
—Lo jodí, nena. En grande.
Ella estaba ahora afuera de la cama. Su corazón, que había estado tan completo solo unos momentos antes, estaba súbitamente con un cuchillo en mano.
—¿Cómo?
—Le dije algunas cosas a Lisandro en el vestidor. Cosas estúpidas. Porque me estaba volviendo loco por todo. —Pasó una mano por el rostro con barba incipiente—. La periodista llegó al estadio para hacer algunas preguntas de
seguimiento. Creo que escuchó por casualidad nuestra conversación. Pienso que eso es de lo que se trata todo esto.
Todo se congeló para Paula en ese momento. El mismo aire iba tan tranquilo antes de que pudiera ver las motas de polvo deteniendo su danza en frente de la luz de la mañana en la ventana.
—¿Qué le dijiste a Lisandro?
—Lo siento, nena.
Se estaba moviendo hacia ella, pero cuando ella levantó una mano, se detuvo inmediatamente.
—¿Qué dijiste?
—Lisandro me estaba presionando, así que le dije la verdad acerca de cómo nos conocimos. Acerca de por qué nos casamos. —Pasó una mano grande por su cabello, erizándolo—. Pero la verdad no tiene nada que ver con la forma en que nos conocimos o por qué nos casamos. Lo único que es verdad es lo mucho que te amo.
El cuchillo hizo su primer corte en su corazón.
—Entonces, déjame ver si te entiendo correctamente. Le dijiste a Lisandro nuestro secreto porque te hizo una pequeña pregunta, pero yo he tenido que mentirle a todos los que amo una y otra vez.
No podía creer que su voz fuera tan firme. Pero tal vez era porque estaba tan fría.
Congelada de adentro hacia afuera. Las lágrimas posiblemente no podían salir de un bloque de hielo. Tenía que haber calor para que el agua goteara.
Y allí ya no había calor.
—Me retractaría si pudiera —maldijo el hombre al que había amado tanto— Rebobinaría de nuevo a la noche del miércoles para decir cosas diferentes. Regresaría a ese momento para decirle que estaba enamorado de ti. Demonios, regresaría a esa noche en el club y sin ninguna duda sé que me enamoraría de ti.
—¿Miércoles por la noche? ¿Hablaste con Lisandro el miércoles por la noche acerca de nosotros?
Un carrete rápido se reprodujo en su cabeza por todas las formas en que la había tocado en los casi tres días desde entonces, todas las veces que ella le había dicho que lo amaba. Había pensado que estaba segura con Pedro. Había pensado que había encontrado el consuelo en sus brazos.
Mentiras. Todas habían sido mentiras.
—No sabemos a ciencia cierta que ella escuchara lo que le dije, que lo imprimiera en el periódico. Tal vez todo el mundo está llamando para felicitarnos.
—Ya no me mientas, Pedro. Al menos respétame lo suficiente como para admitir que sabes que no es por eso que están llamando.
Y la verdad era que no tenía que leer el artículo para saber que todos sus sueños se habían derrumbado. ¿No había sabido todo el tiempo que esto pasaría si era lo suficientemente estúpida —lo suficientemente débil— para permitirse enamorarse de Pedro?
Levantó su barbilla, de pie desnuda frente a él, su estúpido cuerpo todavía deseándolo a pesar de la forma en que había rebanado el centro de su corazón.
—Necesitamos hablar a tu abuela.
Vio el momento en que él se dio cuenta de todas las ramificaciones de lo que hizo, la manera en que su rostro cayó aún más.
—No se merece esto.
—Estoy de acuerdo. Es por eso que tengo que ir a pedirle disculpas. En persona. —Se detuvo, esperó a que su corazón comenzara a latir de nuevo, entonces se dio cuenta de que tendría un infierno de mucho más que esto—. Y
quiero el divorcio.
No podía mirarlo, no podía soportar la idea de ver su reacción mientras tomaba su teléfono e ignoraba la media docena de mensajes parpadeantes.
Marcó la agencia de viajes con la que había reservado todos los viajes de bodas y lunas de miel de sus hermanos.
Necesito comprar el siguiente boleto desde San Francisco a Las Vegas, por favor.
Pedro tomó el teléfono de ella antes de que pudiera agarrarlo con más fuerza.
—Que sean dos boletos. Primera clase al Aeropuerto de San Francisco. Sí, mediodía funciona.
Paula pasó junto a él mientras recitaba de memoria el número de su tarjeta de crédito. Cerró la puerta del baño, y mientras se ponía de pie debajo del rocío de la ducha, trató de no hacer frente a la verdadera razón por la que su rostro
estaba mojado.
Le había pedido el divorcio a Pedro una vez y no había pasado.
Parecía que la segunda vez era la vencida.
Pedro entró en una escena de la fantasía de todo hombre.
La cena estaba sobre la mesa y Paula estaba sentada en su asiento usando nada más que una de sus corbatas y tacones de aguja, con sus piernas sobre la mesa, con los tobillos cruzados.
—Bienvenido a casa, cariño. ¿Cómo estuvo tu día en la oficina?
Su esposa —su oh-tan-bella esposa— estaba sonriendo y sexy, pero también tímida y nerviosa. Y tan dulce que no podía creer que fuera suya. Por ahora.
Cruzó la habitación, se puso de rodillas delante de ella.
Levantando sus piernas de la mesa, las puso a ambos lados de su rostro.
—Mucho mejor ahora.
Bajó la boca hacia su dulce coño y las manos de ella cayeron desde donde habían estado cubriendo sus pechos, esa combinación de pecado e inocencia que volaba su cabeza en pedazos cada vez que la miraba.
Cada vez que la amaba.
Y cuando gritó ante el toque más mínimo de su lengua sobre su clítoris, tan mojada y lista para él, tuvo que tirar de ella hacia el suelo con él, tenía que estar dentro de ella cuando se viniera.
Muy conocido entre las groupies del fútbol por su capacidad de resistencia, Pedro no tenía la opción de durar más tiempo que Paula. Y mientras se corría dentro de la suave y dulce mujer montada en su regazo, se reconoció a sí mismo como
el tonto que era después de lo que le había dicho a Lisandro.
Pedro había encontrado algo especial en Paula.
Ahora sólo tenía que esperar que una estúpida y obstinada conversación no saliera a la luz… y rezar para que no se fuera todo al infierno.